Icono del sitio

2026: El año en que el sistema dejará de disimular

El cierre de 2025 dejó una sensación engañosa. Para quien se quedó con los titulares de la prensa internacional, fue un año en el que los mercados alcanzaron niveles máximos, se aceleró una expansión tecnológica financiada por expectativas que crecieron más rápido que sus fundamentos económicos y físicos, y se instaló la narrativa de una supuesta normalidad posterior a los excesos ideológicos de años previos.

Pero para quien miró con atención, el año que recién terminó fue algo muy distinto. Fue el momento en que política, mercados, tecnología y geopolítica terminaron de soldarse abiertamente en una sola dinámica de poder, sin intermediarios y sin disimulo.

Este editorial no pretende ser un recuento anecdótico ni una colección de eventos llamativos. Busca analizar las fuerzas que realmente movieron 2025 y que, por inercia, condicionarán lo que viene en 2026. Aranceles, inteligencia artificial, deuda, bancos centrales, energía, oro, violencia política y fragmentación global no aparecen aquí como fenómenos aislados, sino como partes de un mismo proceso de desgaste sistémico.

Durante el año vimos cómo las empresas de tecnología concentraron más poder y más riesgos. Mientras la discusión pública se entretenía con distracciones y trivialidades, el sistema siguió acumulando tensiones estructurales. La independencia de los bancos centrales se erosionó en favor de intereses fiscales, y la deuda pública y privada dejó de ser una variable verdaderamente controlable. La geopolítica abandonó su papel de telón de fondo y volvió al centro del escenario. Al mismo tiempo, el dinero fiduciario comenzó a reflejar una desconfianza creciente sobre su capacidad para almacenar valor, razón por la cual los flujos hacia los activos de riesgo no respondieron a convicción, sino a la ausencia de alternativas creíbles.

Tomando como punto de partida lo ocurrido en 2025, este artículo no tiene la intención de “predecir” el futuro, sino de explicar por qué el mundo ya no responde a las viejas categorías. Porque 2026 no arranca desde cero, sino desde un terreno ya fracturado, con fallas que, si bien no provocarán crisis inmediatas, sí reducen de forma sostenida el margen de maniobra de todos los actores.

Política, aranceles y mercados: Cuando la economía deja de ser técnica

Sabemos bien que el giro político ocurrido en Estados Unidos tras la elección presidencial de 2024 no fue un simple cambio de administración. Fue una ruptura explícita con décadas de consenso económico. La implementación casi inmediata de aranceles masivos, el uso del comercio como herramienta de negociación agresiva y la voluntad de imponer costos a socios comerciales alteraron de forma radical el marco bajo el cual operaban los mercados internacionales de bienes.

Durante meses se anticipó una recesión inminente en Estados Unidos. Se habló de inflación descontrolada, de rupturas en las cadenas de suministro y de un colapso del consumo. Nada de eso ocurrió en los términos previstos. Los exportadores absorbieron buena parte del impacto en precios, los acuerdos comerciales se renegociaron y los ingresos por aranceles superaron los 100 mil millones de dólares anuales. El episodio confirmó que el impacto económico directo fue menor al temido y que el pánico inicial se disipó casi tan rápido como había aparecido.

Sin embargo, detenerse en esa lectura es perder de vista el problema de fondo. Los ingresos extraordinarios derivados de los aranceles no corrigieron el desequilibrio fiscal ni alteraron su trayectoria. El déficit continuó ampliándose, el gasto no se redujo y el componente más corrosivo de todos —el pago de intereses de la deuda— se volvió estructural. Estados Unidos entra a 2026 con el mayor déficit presupuestario de su historia, cercano a los dos billones de dólares, y con un costo financiero que ya no depende de decisiones futuras, sino de compromisos pasados prácticamente imposibles de revertir.

La política económica dejó de ser técnica porque ya no puede serlo. No hay espacio político para ajustes reales. No hay margen social para recortes profundos en el gasto. Y no hay voluntad institucional para aceptar las consecuencias de décadas de expansión fiscal financiada a través de la monetización de la deuda por parte del banco central. El resultado es un sistema que solo puede seguir funcionando si el financiamiento continúa fluyendo sin interrupciones.

Bajo ese esquema, los mercados en máximos no son una señal de fortaleza, sino un síntoma. Funcionan mientras el financiamiento fluye y mientras se posterga cualquier intento de corrección estructural.

Tecnología, concentración y energía: El crecimiento que se devora a sí mismo

La narrativa tecnológica dominó 2025 y seguirá dominando 2026. La inteligencia artificial se convirtió en el eje de inversión, de expectativas y de valorización financiera. Pero el problema no es la tecnología, sino la forma en que el sistema la ha utilizado para concentrar riesgos.

Un puñado de empresas explica más de un tercio del desempeño del principal índice bursátil del mundo, las cuales realizan inversiones en infraestructura digital que ya se miden en cientos de miles de millones de dólares por año.  Nunca antes, el desempeño de los mercados había dependido de manera tan extrema de un grupo tan reducido de compañías. Esta concentración no es una señal de fortaleza estructural, sino de fragilidad sistémica. Los centros de datos ya consumen cerca del 5% de la electricidad en Estados Unidos, con proyecciones que duplican esa cifra.

Durante 2025, la promesa de retornos extraordinarios justificó valoraciones cada vez más desconectadas de los flujos económicos subyacentes. Se vendió crecimiento futuro como si fuera presente y se incorporaron a los precios expectativas de productividad que aún no se materializan. Y cuando surgieron dudas sobre la rentabilidad efectiva de la inversión en inteligencia artificial, el ajuste no implicó una caída generalizada de precios, sino una depuración interna: el mercado siguió subiendo, pero lo hizo sobre una base más concentrada, más dependiente y menos tolerante a promesas sin retorno inmediato.

En 2026, esta tensión no desaparecerá. Se profundizará. Porque el cuello de botella ya no es financiero, sino físico. La infraestructura energética se convirtió en el límite real del ciclo tecnológico. El crecimiento exponencial de centros de datos está llevando a los sistemas eléctricos a niveles críticos. El consumo energético se dispara justo cuando la capacidad de respuesta es limitada.

Esto no es un detalle técnico, sino un problema político. El encarecimiento de la electricidad ya empezó a reflejarse en varios estados y regiones. En 2026, la inflación energética dejará de ser un fenómeno marginal para convertirse en un tema central del debate económico y electoral.

Al mismo tiempo, la adopción acelerada de tecnología está desplazando empleo, particularmente entre jóvenes. El sistema promete eficiencia, pero no ofrece transición. Promete productividad, pero no estabilidad laboral. Esa brecha social es una de las tensiones más subestimadas del momento actual y una de las que más rápido puede transformarse en inestabilidad política.

Dinero, deuda y geopolítica: El fin de la ilusión de neutralidad

Si algo dejó claro 2025 es que la política monetaria ya no es neutral. La Reserva Federal perdió la ficción de independencia. Las presiones políticas fueron abiertas. Los recortes de tasas ocurrieron aun con datos de inflación persistente. Y el reinicio de compras de activos por parte de la Fed, aunque disfrazado, confirmó lo inevitable. El banco central ya no puede permitir que el mercado discipline al Estado.

Estados Unidos entra a 2026 con una deuda pública que supera los 34 billones de dólares, y que se ha vuelto inmanejable, con un costo financiero que ya supera el billón de dólares y que crece incluso con los recortes en las tasas de interés. El problema es tan grande que el gasto en pago de intereses ya supera el de defensa, algo inconcebible para la mayor potencia militar del mundo. Pero el problema no es solo el tamaño de la deuda, sino su dinámica. Cada intento de normalización amenaza con desestabilizar mercados. Cada intento de disciplina fiscal amenaza con costos sociales inasumibles por parte de ningún partido político.

Este contexto explica mejor que cualquier discurso el comportamiento de los precios del oro y de otros activos reales. No es especulación, es una muestra de desconfianza. Los bancos centrales acumulan reservas en el orden de mil toneladas de oro al año, porque desconfían del sistema que ellos mismos sostienen. La demanda de activos refugio no responde a pánico inmediato, sino a previsión estructural.

La geopolítica no solo acompaña esta tendencia, la amplifica. El derrocamiento del régimen de Nicolás Maduro en Venezuela dejó en evidencia que el ejercicio del poder ya no depende de consensos multilaterales, una realidad que los mercados incorporan cada vez con mayor naturalidad. Al mismo tiempo, la guerra en Ucrania continúa sin una salida definida, mientras Medio Oriente vuelve a exhibir lo rápido que un conflicto regional puede escalar y contaminar equilibrios globales. A ello se suma la rivalidad entre Estados Unidos y China, que dejó de ser comercial para convertirse en una competencia tecnológica, monetaria y estratégica. El resultado es un mundo fragmentado en bloques que ya no buscan eficiencia, sino resiliencia, construyendo redundancias, cadenas paralelas y sistemas alternativos como mecanismo de defensa.

Por su parte, las stablecoins y los sistemas digitales de pago avanzan en este vacío. No como un proyecto transformador ni como una ruptura ideológica, sino como una solución pragmática. Funcionan como compradores naturales de deuda de corto plazo. Absorben liquidez. Mantienen funcionando el sistema cuando los canales tradicionales se vuelven rígidos. En 2026, este rol se volverá más visible y más relevante.

Conclusiones

Al comenzar 2026, el mayor error no será equivocarse en un pronóstico, sino esperar que el sistema nos avise cuando algo esté por romperse. No habrá un evento definitivo, ni un colapso súbito, ni una señal clara que marque un antes y un después. Lo más probable es que no pase nada espectacular. Y justo ahí está el problema. El sistema seguirá operando, pero cada vez con menos margen, más dependiente, siendo más complicado de sostener.

Los mercados pueden seguir subiendo. Las tasas pueden seguir moviéndose a la baja. La tecnología puede seguir avanzando. Nada de eso invalida lo observado en este análisis. Al contrario. Refuerza la idea de que lo que hoy llamamos estabilidad no es más que continuidad forzada. El sistema no se sostiene porque esté sano, sino porque no tiene espacio para detenerse. No hay confianza, hay falta de alternativas.

Por eso, 2026 no será el año del derrumbe final, pero sí el año en que quedará claro que el orden previo ya no regresará. La neutralidad monetaria dejó de existir, la disciplina fiscal dejó de ser políticamente viable y la globalización eficiente fue sustituida por fragmentación, redundancia y cálculo estratégico. El poder, el dinero y el riesgo ya no se asignan bajo reglas técnicas, sino bajo decisiones cada vez más políticas y energéticas.

En este contexto, seguir la tendencia puede resultar cómodo, pero no necesariamente inteligente. Leer el sistema importa más que anticipar el siguiente dato o el próximo movimiento de mercado. Porque cuando todo parece seguir funcionando, pero lo hace cada vez peor, la inercia deja de ser una estrategia y empieza a ser una trampa.

No estamos frente al colapso inmediato del sistema. Estamos en una fase en la que las tensiones ya son visibles, pero todavía no obligan a corregir. Y en ese punto, la lucidez no es una postura intelectual ni una ventaja competitiva. Es, simplemente, la única forma de no confundir normalidad con estabilidad.

Son tiempos de mucha incertidumbre y con una suscripción al Servicio Informativo de GAEAP podemos mantenerte informado.

Alejandro Gómez Tamez*

Director General GAEAP*

alejandro@gaeap.com

Suscríbete GRATIS a mi newsletter en Substack: https://economex.substack.com/

Sígueme en X: https://x.com/alejandrogomezt

Si disfrutas de nuestro contenido, te invitamos a apoyar nuestro trabajo suscribiéndote a nuestro servicio informativo premium. Tu suscripción nos permitirá seguir adelante con nuestra labor y, además, te dará acceso a contenido exclusivo. ¡Agradecemos de antemano tu apoyo!

🎙️🔥 Ya está disponible el episodio 82 de Economex Podcast. Escúchalo y entiende lo que realmente está pasando.

Salir de la versión móvil