Compran menos, usan más crédito y la manufactura sigue perdiendo empleos.

Hubo quienes pensaron que el Mundial de Futbol le daría un respiro a la economía mexicana. La lógica parecía sencilla: llegarían millones de turistas, habría restaurantes llenos, hoteles ocupados, centros comerciales con mayor afluencia y consumidores contentos dispuestos a gastar más. Pero los datos publicados recientemente terminaron contando otra historia. Las ventas de las principales cadenas comerciales cayeron, el consumo apenas avanzó y el impacto económico del torneo fue mucho menor al que se esperaba.

Ese resultado importa mucho más de lo que parece. Porque cuando un evento de esta magnitud no logra mover de forma importante el consumo, la pregunta obligada no es: ¿qué pasó durante el Mundial?, sino: ¿qué tan fuerte está realmente el bolsillo de los mexicanos? Las cifras publicadas en los últimos días nos permiten responder esa pregunta con bastante claridad, y la respuesta debería preocupar tanto a empresarios como a familias.

El consumo privado está cada vez más desgastado

Hoy la economía mexicana depende, sobre todo, de que las familias sigan consumiendo. El Indicador Oportuno del Consumo Privado (IOCP) del Inegi anticipa un crecimiento a tasa anual de 2.8% en mayo y de 2.6% en junio, con avances mensuales de apenas 0.4% y 0.1%, respectivamente. Basta comparar esas cifras con las observadas a principios de 2024, cuando el consumo llegó a crecer por arriba de 6% anual, para entender que el mercado interno ha perdido fuerza.

Ese debilitamiento quedó reflejado en uno de los indicadores más sensibles para medir el comportamiento de los consumidores: las ventas de los afiliados a la ANTAD. Durante junio, las ventas comparables de las principales cadenas comerciales del país cayeron 1.6% nominal, registrando el peor desempeño para un mes de junio en doce años, sin considerar el periodo de la pandemia. Las ventas de las tiendas departamentales retrocedieron más de 3%, los autoservicios cerca de 3%, y únicamente las tiendas especializadas lograron crecer. De esta manera, el desempeño acumulado del primer semestre también quedó muy por debajo de las expectativas del propio sector comercial.

Queda claro que el Mundial de Futbol no impulsó el consumo ni generó un efecto multiplicador sobre la economía. Los datos de la ANTAD y los analistas de BBVA coinciden en que lo que ocurrió fue un cambio temporal en los patrones de consumo, con un mayor gasto en entretenimiento y compras por internet, pero también disminuyeron las visitas a establecimientos físicos, el gasto en hoteles cayó 10.5% mensual y el destinado a restaurantes retrocedió 4.9%. En otras palabras, el Mundial modificó la forma de consumir, pero era poco realista esperar que incrementara de manera generalizada el gasto de las familias.

Este resultado tampoco debería sorprender. Para millones de familias, el costo de vivir sigue aumentando más rápido de lo que sugiere la inflación promedio. Eso obliga a destinar una mayor parte del ingreso a los gastos indispensables y deja menos espacio para el consumo de otros bienes y servicios. Durante junio, una persona promedio necesitó 4,888 pesos mensuales para acceder a la canasta básica urbana de bienes y servicios, un incremento anual de 3.9%, superior al crecimiento de 3.4% observado en el Índice Nacional de Precios al Consumidor. La canasta alimentaria aumentó 4.6%; el transporte público, 7.5%; educación, cultura y recreación, 5.8%; mientras que productos como la papa registraron incrementos de 66.7% y el jitomate todavía costó 19.4% más que hace un año. El dato de inflación de 3.4% no refleja la experiencia cotidiana de muchas familias porque, para millones de ellas, el costo de vida ha aumentado mucho más de lo que sugiere la inflación promedio.

Entonces, ¿por qué el consumo, medido de manera agregada a través del IOCP, sigue creciendo? La respuesta está en varios factores. Los salarios reales todavía muestran cierta recuperación, las remesas continúan apoyando el ingreso de millones de hogares y el desempleo permanece relativamente bajo, gracias a un terrible problema de informalidad laboral que representa a más del 55% de la población ocupada y sirve como válvula de escape. Sin embargo, hay otro elemento que impulsa el consumo, pero de manera artificial y me refiero al crecimiento del crédito al consumo.

Al cierre de mayo, la cartera vigente de crédito al consumo otorgada por la banca alcanzó 1.96 billones de pesos, con un crecimiento real anual de 7.5%. Tan sólo el saldo de las tarjetas de crédito aumentó 7.75%, reflejando un mayor uso del financiamiento por parte de los hogares. No es casualidad que el consumo siga creciendo y que para muchos el desempeño haya sido mejor de lo esperado. La razón es que una parte importante de ese gasto se está financiando con deuda.

El problema es que el crédito puede ayudar a mantener el consumo durante algún tiempo, pero no sustituye el crecimiento de los ingresos ni la generación de empleos formales bien remunerados. Si la actividad económica continúa debilitándose y la creación de empleo pierde fuerza, las familias enfrentarán mayores dificultades para sostener ese nivel de gasto.

La verdadera preocupación está en el aparato productivo

Mientras el consumo mantiene a flote la economía, el sector productivo continúa enviando señales preocupantes. Y la más clara proviene de la manufactura.

Durante mayo, el empleo en la manufactura cayó 2.1% anual y acumuló ya 39 meses consecutivos de retrocesos. Desde su máximo alcanzado en diciembre de 2022, la nómina manufacturera ha disminuido 6.4%, y el nivel de empleo ya se encuentra muy cerca del observado durante la etapa más crítica de la pandemia en 2020. Estos datos reflejan un problema estructural porque ya es una tendencia que lleva más de tres años.

El deterioro tampoco se concentra en unas cuantas actividades. Veinte de las veintiuna ramas manufactureras registraron caídas en el empleo. Entre las más afectadas aparecen muebles, prendas de vestir, textiles, equipo de transporte, plástico, hule, madera y papel. La única excepción corresponde a la fabricación de equipos electrónicos y de computación, impulsada por el crecimiento de la infraestructura asociada a la inteligencia artificial y las mayores exportaciones de computadoras hacia Estados Unidos. Es una buena noticia, pero claramente insuficiente para compensar el deterioro general del sector.

Y este dato importa mucho al considerar que la manufactura representa más de una cuarta parte del empleo formal registrado ante el IMSS. En mayo, el sector empleaba a 5.92 millones de trabajadores, equivalentes al 26.1% del total nacional, pero con 86,159 empleos menos que un año antes. Cuando la manufactura pierde trabajadores durante casi cuatro años consecutivos, las consecuencias terminan golpeando al resto de la economía.

La pérdida de dinamismo también se refleja en otro indicador poco comentado: el número de patrones registrados ante el IMSS acumula 24 meses consecutivos de disminución y hoy existen casi 63 mil empleadores menos que en noviembre de 2023. Es decir, no sólo hay empresas que están contratando menos; también hay menos empresas generando empleo formal.

El empleo formal, por su parte, ofrece una señal positiva, aunque se debe analizar con detalle. En junio se registraron 61,023 nuevos empleos ante el IMSS, el mejor resultado para un mes igual desde 2021, permitiendo que la afiliación aumentara en 454,038 trabajadores durante los últimos doce meses, equivalente a un crecimiento anual de 2.0%.

Sin embargo, buena parte de ese resultado respondió a la incorporación de trabajadores de plataformas digitales al régimen obligatorio del IMSS. Sólo durante junio se afiliaron 40,496 personas bajo esta modalidad, es decir, prácticamente dos de cada tres nuevos empleos registrados durante el mes. Si se excluyeran estas incorporaciones, la creación neta habría sido de apenas 20,597 plazas.

Esta percepción tampoco parece limitarse a empresarios o analistas económicos. Hace unos días, el Pew Research Center publicó una encuesta que muestra un cambio importante en el ánimo de los mexicanos. Apenas el 49% considera que la situación económica del país es buena, cuando hace un año esa proporción alcanzaba 61%. En sentido contrario, quienes consideran que la economía es mala pasaron de 38% a 49%.

Resulta difícil no relacionar este cambio con los indicadores que hemos revisado: un consumo que pierde dinamismo, una manufactura que sigue destruyendo empleos, menos empresas generando trabajo formal y una inversión que continúa debilitándose. Al final, las percepciones no sustituyen a los datos, pero cuando ambas empiezan a apuntar en la misma dirección, vale la pena prestar atención.

Y aquí tenemos uno de los mayores problemas de la política económica actual. Mientras el consumo sigue cargando con buena parte del crecimiento, la inversión en maquinaria y equipo acumula una caída de 4.6% en los primeros cuatro meses de 2026. Difícilmente esto nos debería sorprender si desde 2024 el país ha realizado una serie de reformas que aumentan la incertidumbre jurídica para quienes desean invertir.  Sin inversión privada será muy difícil recuperar el empleo manufacturero, elevar la productividad o sostener el crecimiento únicamente con el consumo de los hogares.

Y ahí está el verdadero riesgo. Cuando las micro, pequeñas y medianas empresas venden menos, postergan inversiones, frenan contrataciones o, en el peor de los casos, dejan de operar. Eso termina reduciendo el ingreso de muchas familias, que a su vez recortan su consumo. Menos consumo vuelve a traducirse en menores ventas para las empresas, cerrando un círculo que termina debilitando al mercado interno. Por eso resulta tan preocupante que el número de patrones registrados ante el IMSS lleve dos años disminuyendo: detrás de esa cifra hay empresas que dejaron de crecer o que simplemente desaparecieron.

En el fondo, eso es lo que muestran todos estos indicadores. La economía mexicana depende cada vez menos de la inversión y del empleo productivo, y cada vez más del consumo de los hogares. Ese cambio explica buena parte de las contradicciones que hoy observan empresarios y familias entre los grandes indicadores macroeconómicos y la realidad que enfrentan todos los días.

Conclusiones

Los datos dejan en claro que la economía mexicana depende cada vez más del consumo de los hogares para seguir creciendo. Ese consumo es respaldado por crecimiento de los salarios reales, remesas y un mayor acceso al crédito, mientras la inversión sigue cayendo, el número de empleadores sigue disminuyendo y la manufactura continúa perdiendo empleos. No es una combinación que pueda sostenerse indefinidamente.

Los empresarios se enfrentan a un consumidor más sensible al precio, que sigue utilizando el crédito para financiar el gasto, además de una manufactura que sigue en contracción y un mercado interno que crece cada vez más lentamente. Esto obliga a replantear estrategias comerciales, inversiones y expectativas de crecimiento. Eso obliga a las empresas a revisar con mucho cuidado sus planes de inversión, contratación y crecimiento para la segunda mitad del año.

El mayor riesgo sigue siendo acostumbrarnos a un modelo de crecimiento donde el consumo intenta compensar la falta de inversión y la pérdida de empleos productivos. Las cifras que revisamos hoy describen una economía que ha venido perdiendo capacidad para generar empresas, inversión y empleos de calidad. Este deterioro tarda en reflejarse en los grandes indicadores, pero ya se siente en los negocios y en el bolsillo de las familias.

Quizá la mejor prueba de esta debilidad es que ni siquiera un evento extraordinario como el Mundial de Futbol logró cambiar la tendencia del consumo. Eso nos dice que el problema no era la falta de un incentivo temporal, sino el desgaste que ya presenta el bolsillo de las familias.

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