La presión sobre la deuda estadounidense está debilitando al dólar y devolviendo fuerza a los activos refugio.
Estados Unidos ya debe más de 40 billones de dólares y financiar esa deuda se está volviendo una tarea cada vez más difícil. Prácticamente al mismo tiempo que se conoció esta cifra, el rendimiento de los bonos del Tesoro a 30 años subió a alrededor de 5.3%, su nivel más alto en aproximadamente 19 años. El gobierno necesita colocar enormes cantidades de deuda: se estima que el mercado tendrá que absorber alrededor de un billón de dólares adicional en Treasuries cada tres a cinco meses, y los inversionistas están exigiendo mayores rendimientos para comprarlos. Ante el aumento de las tasas de largo plazo, el Tesoro anunció que duplicará algunas recompras de bonos, de 2 mil millones a por lo menos 4 mil millones de dólares por operación. La tasa cayó inicialmente, pero buena parte del movimiento se revirtió al día siguiente.
Lo interesante fue lo que ocurrió después. El dólar se desplomó, mientras el oro, la plata y Bitcoin subieron. En el caso de México, apenas en un mes, el dólar pasó de 17.405 a 16.91 pesos al momento de escribir estas líneas, mientras que el oro subió de 4,148 a 4,608 dólares por onza. Tan sólo durante la última semana, el oro pasó de 4,375 a 4,608 dólares. Estos movimientos trajeron de regreso una expresión que habíamos escuchado mucho durante 2025: el debasement trade, es decir, la búsqueda de activos que puedan proteger al inversionista frente a una eventual pérdida de poder adquisitivo de las monedas provocada por déficits públicos elevados, acumulación de deuda y políticas destinadas a contener el costo financiero de los gobiernos.

El problema no es solamente la inflación: Estados Unidos necesita cantidades enormes de capital
La presión sobre las tasas de largo plazo comenzó antes de las recompras del Tesoro. Estas tasas venían subiendo porque gobiernos y empresas están compitiendo por una cantidad limitada de ahorro disponible. Estados Unidos es el caso más evidente. El Fondo Monetario Internacional (FMI) estima que las necesidades de financiamiento del gobierno estadounidense más los gobiernos estatales equivaldrán este año a 7.5% del PIB, el nivel más alto entre los países del G7. Son cifras que históricamente solo aparecían durante grandes recesiones y los gobiernos implementan políticas contracíclicas. Ahora ocurren con una economía que sigue creciendo y con un mercado laboral cercano al pleno empleo.
Es pertinente mencionar que la presión financiera no viene exclusivamente del gobierno. Las grandes empresas tecnológicas necesitan cantidades enormes de capital para financiar centros de datos, generación eléctrica, infraestructura y equipos vinculados con la inteligencia artificial. El rendimiento de un bono de Alphabet con vencimiento en 2075, por ejemplo, pasó de aproximadamente 6% a principios de julio a 6.78% el martes 18 de agosto, aunque al cierre de la semana había bajado a alrededor de 6.55%. A esto se suma el gasto militar, la reconstrucción de cadenas productivas, el reshoring y las inversiones que exige la fragmentación del comercio mundial. El resultado es una competencia mucho mayor por el capital disponible. Gobiernos y empresas necesitan financiar enormes inversiones y déficits al mismo tiempo, y los inversionistas están exigiendo mayores rendimientos para aportar esos recursos.
Esto es importante porque durante buena parte de los últimos quince años empresas, gobiernos y familias se acostumbraron a un mundo de dinero extraordinariamente barato. Ese mundo ya no existe. El rendimiento real esperado de largo plazo en Estados Unidos alcanzó durante 2026 su nivel más alto desde 2009 y actualmente es posible obtener rendimientos alrededor de 2.5% por encima de la inflación comprando Treasuries de largo plazo. Para cualquier proyecto productivo eso eleva la vara. Entonces, una empresa mexicana que quiera atraer capital ya no compite contra bonos estadounidenses que pagaban prácticamente nada en términos reales; compite contra instrumentos considerados entre los más seguros del mundo que ofrecen rendimientos considerablemente mayores.

Al mismo tiempo, la Reserva Federal enfrenta su propio problema. La inflación estadounidense lleva cinco años por encima del objetivo de 2% y se ha mantenido entre aproximadamente 2.5% y 3.5%. Los aranceles aplicados desde 2025, los costos energéticos derivados del conflicto con Irán y la inversión asociada con inteligencia artificial han agregado presión.
En la reunión de la Fed del 28 y 29 de julio, tres integrantes votaron por subir la tasa de interés, pero las minutas recién publicadas revelaron que otros funcionarios también habrían respaldado un incremento. La Fed mantuvo la tasa entre 3.5% y 3.75%, pero tras conocerse las minutas quedó claro que existe más preocupación por una inflación que se resiste a regresar al objetivo.
Es de esta manera que tenemos por un lado al Tesoro, que quiere evitar que las tasas de largo plazo sigan subiendo porque eso encarece el refinanciamiento de la deuda pública, las hipotecas, los créditos automotrices y el financiamiento empresarial. Por otro lado, la Reserva Federal no puede bajar agresivamente las tasas si la inflación sigue elevada. Son dos problemas distintos que en este momento se contraponen.
Y el tamaño de la deuda hace que cada movimiento de las tasas importe más. De los 40 billones de dólares de deuda pública estadounidense, aproximadamente 32 billones están en manos de inversionistas y del público mediante valores del Tesoro. A esto se suma la enorme cantidad de deuda nueva que el mercado debe absorber: se estima que los inversionistas tendrán que comprar alrededor de un billón de dólares adicional en Treasuries cada tres a cinco meses. Para 2026 se espera además un déficit fiscal superior a 2 billones de dólares, equivalente a más de 6% del PIB. El paquete fiscal aprobado por la administración Trump agregaría, según estimaciones de la Congressional Budget Office citadas en las notas, alrededor de 4.7 billones de dólares adicionales a la deuda durante la próxima década. Son déficits extraordinariamente grandes para una economía que no está en recesión.
Los costos de todo esto aparecen en las cuentas públicas. Durante julio, el déficit federal alcanzó 432 mil millones de dólares y solamente el pago de intereses sobre la deuda representó 118 mil millones. Estados Unidos ya gasta anualmente más en intereses que en defensa o Medicare. Esto genera un círculo vicioso porque cuanto mayor es la deuda, mayores son los intereses; mientras mayores son los intereses, mayor puede ser el déficit; y mientras más deuda debe colocarse en el mercado, mayores rendimientos pueden exigir los inversionistas.

Del rescate de las tasas al regreso del debasement trade
El miércoles 19 de agosto ocurrió el segundo capítulo. Después de que la tasa del Treasury a 30 años alcanzara su nivel más alto desde antes de la crisis financiera de 2008, el secretario del Tesoro, Scott Bessent, anunció que duplicará las recompras previstas de bonos de largo plazo. Las operaciones comenzarán el 9 de septiembre y continuarán bajo este esquema hasta por lo menos el 4 de noviembre. El rendimiento del bono a 30 años cayó inmediatamente alrededor de una décima de punto porcentual, hasta aproximadamente 5.18%.
Hay que hacer aquí una precisión importante. Las recompras del Tesoro no son un nuevo programa de expansión cuantitativa de la Reserva Federal y tampoco significan que Estados Unidos esté reduciendo automáticamente su deuda. El Tesoro puede recomprar emisiones antiguas y financiar esas compras colocando nuevos bonos. Es, fundamentalmente, una operación de administración de deuda y liquidez. Formalmente, el objetivo es mejorar el funcionamiento del mercado de bonos antiguos, conocidos como off-the-run.
Pero más que el tamaño de las recompras, llamó la atención el momento en que fueron anunciadas. Apenas unas horas después de que las tasas de los bonos de largo plazo tocaran máximos de casi dos décadas, el Tesoro decidió incrementar su intervención en ese segmento. El mensaje implícito fue que existe un nivel de tasas suficientemente alto que preocupa a las autoridades.

Y la eficacia fue limitada. El jueves 20, el rendimiento del Treasury a 30 años volvió a subir hasta alrededor de 5.24%-5.27%, recuperando más de la mitad de la caída del día anterior. La tasa a diez años subió hasta aproximadamente 4.704%. Esto importa porque ese rendimiento es una referencia fundamental para hipotecas, deuda empresarial, créditos automotrices y numerosas operaciones financieras dentro y fuera de Estados Unidos.
Mientras los bonos reaccionaban de manera relativamente modesta, otros mercados se movieron mucho más. El dólar se desplomó, mientras el oro, la plata y Bitcoin subieron. El oro avanzó alrededor de 3% inmediatamente después del anuncio, mientras Bitcoin inició un rally que lo llevó el viernes hasta 79,455 dólares, su mayor nivel desde finales de mayo y un avance de más de 9%. Desde el anuncio de las recompras, la plata subió alrededor de 8%, el oro 4%, el platino 7% y el paladio 3%.
Fue justo en este momento que reapareció el debasement trade. La lógica es que cuando los inversionistas perciben que los déficits públicos son demasiado grandes y que los gobiernos pueden terminar favoreciendo condiciones financieras más fáciles para administrar sus deudas, aumenta el atractivo de activos cuya oferta no puede crecer rápidamente. El oro es el ejemplo clásico porque no depende de la solvencia de un gobierno, su oferta aumenta lentamente y sigue siendo utilizado como reserva por bancos centrales e instituciones. Bitcoin comparte parte de esa narrativa por su oferta máxima de 21 millones de monedas, aunque continúa siendo mucho más volátil y también responde fuertemente a la liquidez y al apetito por riesgo.
Sin embargo, el rally de Bitcoin también respondió a otros factores. Los productos spot de Bitcoin en Estados Unidos recibieron cerca de 520 millones de dólares de entradas netas el miércoles, su mayor flujo diario en alrededor de tres meses y medio, a lo que se sumaron el cierre de posiciones cortas y expectativas de un entorno regulatorio más favorable para los activos digitales.

El impacto del debasement trade en México
El movimiento del dólar merece particular atención para México. El economista Robin Brooks sostiene que esta nueva fase del debasement trade es diferente a la registrada entre agosto de 2025 y febrero de 2026. Durante aquella primera etapa el dólar permaneció relativamente estable mientras los metales preciosos subían. Ahora el dólar también está cayendo. Desde el anuncio de las recompras, los mercados han vendido dólares frente a monedas del G10 y de economías emergentes.
Eso ayuda a entender por qué el tipo de cambio mexicano pasó de 17.405 pesos por dólar hace un mes a 17.016 hace una semana y 16.91 pesos el 22 de agosto. Para las familias mexicanas, un peso fuerte abarata importaciones, viajes al exterior y productos cuyo precio depende directamente del dólar. Pero también reduce el valor en pesos de las remesas que reciben millones de hogares: una misma cantidad de dólares enviada desde Estados Unidos se convierte ahora en menos pesos. Para muchas empresas manufactureras la historia es preocupante. Un peso más apreciado reduce el valor en pesos de sus ingresos por exportaciones y abarata los productos importados contra los que compiten en el mercado nacional. Si además el costo internacional del capital permanece elevado, las empresas pueden enfrentar simultáneamente financiamiento caro y una moneda que resta competitividad cambiaria.
El segundo semestre de 2026 nos está enseñando que el principal riesgo financiero internacional ya no puede resumirse simplemente como “¿cuándo bajará la Fed las tasas?”. La discusión tine mayores implicaciones porque Estados Unidos tiene una deuda de 40 billones de dólares, necesita colocar enormes cantidades de bonos, enfrenta déficits superiores a 2 billones anuales y al mismo tiempo compite por capital con empresas tecnológicas, gobiernos europeos, gasto militar y nuevas cadenas productivas. Para mantener compradores de Treasuries probablemente tendrá que ofrecer rendimientos más atractivos. Pero esos mismos rendimientos elevan el costo de financiar su deuda.

Para los empresarios mexicanos, la advertencia es concreta. No conviene elaborar presupuestos para el cierre de 2026 suponiendo automáticamente tasas internacionales más bajas, crédito barato o un regreso rápido del dólar a niveles anteriores. Los acontecimientos de esta semana mostraron exactamente lo contrario: cuando las tasas de largo plazo estadounidenses tocaron niveles elevados, el Tesoro intervino; las tasas bajaron apenas temporalmente y el ajuste terminó reflejándose en el precio relativo del dólar y en los metales preciosos. Quienes tengan deuda, proyectos de inversión, importaciones, exportaciones o flujos denominados en dólares deberían incorporar esta nueva realidad a sus decisiones.
Y para México hay una paradoja que debemos vigilar. El deterioro fiscal estadounidense puede debilitar al dólar frente al peso y beneficiar en el corto plazo a consumidores mexicanos, pero al mismo tiempo mantener elevado el costo mundial del capital y aumentar la presión competitiva sobre la industria nacional.
Hace unos años era difícil imaginar que el tamaño de la deuda estadounidense terminaría influyendo de esta manera en las decisiones del Tesoro, las tasas de largo plazo, el valor del dólar y la demanda por activos como el oro. Para los empresarios mexicanos esto importa porque afecta el tipo de cambio, el costo del financiamiento, la competitividad y, finalmente, las decisiones de inversión.
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Alejandro Gómez Tamez*
Director General GAEAP*
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