El crecimiento de 2026 evita los números rojos, pero no resuelve los problemas estructurales que mantienen estancado el potencial productivo del país.

La economía mexicana evitó la recesión durante la primera mitad de 2026, pero eso no significa que esté bien. Los datos muestran un crecimiento demasiado débil para un país que enfrenta demasiados retos, pero que paralelamente presume ser el principal socio comercial de Estados Unidos.

El INEGI recién informo que el Indicador Global de la Actividad Económica (IGAE), que nos permite tomarle el pulso a la economía mexicana mes con mes, registró un crecimiento a tasa anual de 2.0% durante mayo. Parece una cifra aceptable que denotaría que por fin retomaremos la senda del crecimiento que deberíamos tener, pero el problema es que ese dato, por sí solo, no cuenta toda la historia. Sucede que el crecimiento acumulado de los primeros cinco meses del año es de apenas 1.1%, exactamente el mismo nivel que hoy anticipa el consenso de analistas para el PIB de todo 2026. Todo esto lo que significa es que nos estamos encaminando a que 2026 será otro año de crecimiento mediocre, después de haber crecido 0.7% en 2025 y 1.3% en 2024.

La pregunta entonces es si el verdadero riesgo para México sigue siendo el de caer en una recesión o si, en realidad, el país se afianzará en un ciclo de crecimiento persistentemente bajo. Porque evitar una recesión es una buena noticia; mientras que acostumbrarse a crecer poco durante tantos años no lo es.

Pero más allá de la tasa de crecimiento de 2.0%, el tema de fondo es la manera en que está creciendo la economía. En los primeros cinco meses de 2026, las actividades primarias avanzan 3.6% y vuelven a aparecer como el salvador estadístico de la economía. El campo, con todo y su volatilidad, está amortiguando la debilidad de otros sectores. Las actividades terciarias (comercio y servicios) también contribuyen, con un crecimiento de 1.6%, pero lo hacen a una velocidad insuficiente para cambiar la historia general. En contraste, las actividades secundarias, conformadas por manufacturas, construcción, minería, y electricidad, gas y agua, acumulan una caída de 0.2%, confirmando que el verdadero rezago está en esta importante actividad.

Y es justo aquí donde aparece el dato que realmente debería preocuparnos. Cuando uno deja de ver el dato agregado del IGAE y entra a la economía real, encuentra una industria que va para su tercer año consecutivo de contracción.

México puede presumir estabilidad macroeconómica: un tipo de cambio estable, una inflación descendente y tasas de interés que han comenzado a bajar. Lo que no puede presumir es un crecimiento sostenido de su producción industrial. El sector secundario sigue siendo el eslabón más débil. En mayo, la industria creció 0% a tasa anual y, dentro de ella, la construcción cayó 0.6%, mientras que las manufacturas retrocedieron 0.5%.

En el acumulado de enero a mayo, las manufacturas retrocedieron 1.2%, un desempeño especialmente grave para un país que se presenta como potencia manufacturera global. Las manufacturas muestran un deterioro más persistente porque acumulan cinco meses consecutivos de variaciones anuales negativas en 2026, después de haber cerrado a la baja el 2025. Entonces, para una economía que se dice estar integrada a las cadenas de valor de Norteamérica, este desempeño confirma que no es así y en un momento más veremos lo que está sucediendo en el tema del comercio exterior.

Por su parte, la construcción ofrece un panorama mixto, pero nada tranquilizador. En los primeros cinco meses del año el crecimiento acumulado es de 1.7%, aunque con fuertes altibajos mensuales: después de aumentar 8.7% en abril, volvió a caer 0.6% anual en mayo. Ese comportamiento errático impide hablar de una recuperación firme.

Lo que sucede con la industria nacional es preocupante porque el gobierno habla de récord exportador, competitividad e integración productiva con Norteamérica, pero sus manufacturas se contraen y la industria se perfila a su tercer año consecutivo de contracción. La oportunidad histórica del nearshoring o relocalización existe sólo en el discurso, porque los datos muestran que dicho fenómeno no se ha traducido en mayor producción interna. La distancia entre la narrativa oficial y la realidad económica es demasiado grande como para ignorarla.

Surge entonces una pregunta inevitable: ¿cómo puede un país que exporta como nunca mantener una industria manufacturera en retroceso? Esa es la gran paradoja de la economía mexicana en 2026.

Entre enero y mayo de 2026, las exportaciones suman 317 mil 172 millones de dólares, un crecimiento anual de 22.6%, mientras las importaciones alcanzan 311 mil 405 millones, con un avance de 20.8%. Tan sólo en mayo, las exportaciones crecieron 25.4% anual y las importaciones 24.0%. Pero mientras las exportaciones cruzan nuestras fronteras a razón de casi 1.5 millones de dólares por minuto, ya vimos que las manufacturas siguen en terreno negativo.

Quiero insistir en que México es una potencia exportadora, pero no cuenta con encadenamientos productivos suficientes para jalar al resto del sector manufacturero. El país exporta más, porque importa más y mejora su saldo comercial, pero ese dinamismo del sector externo no se traduce en una expansión proporcional del empleo y  la producción nacional.

Otro foco de preocupación es que la naturaleza del escaso crecimiento que estamos teniendo no muestra capacidad de elevar el potencial de la economía. Mientras las actividades primarias compensan parcialmente la debilidad industrial, la productividad agregada sigue con una tendencia a la baja. Esto se debe a que cuando los sectores con mayor capacidad para generar inversión, innovación y empleos bien remunerados disminuyen, el crecimiento económico termina dependiendo de actividades cuyo efecto multiplicador en el resto de la economía es menor.

El sector comercio tampoco cuenta una historia homogénea. El comercio al por mayor creció 5.5% en el acumulado de los primeros cinco meses de 2026, con avances anuales de dos dígitos en abril y mayo, mientras que el comercio al por menor apenas creció 1.1%.

El discreto desempeño del comercio al por menor se confirma al analizar el Indicador de Consumo Privado en el Mercado Interior, el cual muestra que en los primeros cuatro meses de 2026, el consumo total creció 2.3%, pero el consumo de bienes nacionales cayó 0.6% y el de servicios apenas aumentó 0.3%, mientras que el consumo de bienes importados se disparó 12.2%.

Es decir, si hay movimiento comercial, pero no necesariamente un fortalecimiento del mercado interno ni de la producción nacional. Parte del dinamismo viene de las importaciones y flujos intermedios de mercancías, no de un consumo de lo Hecho en México que sea vigoroso y que arrastre al aparato productivo mexicano.

Esta debilidad del mercado interno también se refleja en los resultados de algunas de las principales empresas orientadas al consumo. Durante las últimas semanas, compañías como Walmart de México, Alsea y otros grandes participantes del comercio y los servicios han reconocido una situación en la que el consumo personal es más moderado, caracterizado por un cliente más cuidadoso, menores crecimientos en ventas y una mayor sensibilidad al precio. Estos reportes son consistentes con los indicadores macroeconómicos aquí presentados.

Este tipo de diagnósticos moldean las expectativas de quienes seguimos de cerca la evolución de la economía mexicana.

La Encuesta Citi de Expectativas más reciente confirma que el análisis aquí presentado no refleja solo el pesimismo de un servidor. La proyección media de crecimiento para 2026 se mantiene en 1.1%, por debajo de lo que se esperaba al inicio del año y lejos de las expectativas oficiales más optimistas. Destaca que, casi una tercera parte de los analistas consultados por Citi anticipa un crecimiento económico para este año inferior a 1%, lo que refuerza la idea de que el bajo crecimiento es el escenario base sobre el cual debemos planear el resto del año.

Esto implica que el mercado ya dejó de discutir si México crecerá mucho o poco. La discusión ahora gira alrededor de qué tan cerca estará el crecimiento de cero.

Eso significa que el consenso sigue viendo una economía atrapada en una zona de mediocridad: crece poco, invierte menos, la producción va a la baja y nos hemos vuelto dependientes de impulsos sectoriales y coyunturales, como lo que sucede ahora con el campo, que no bastan para elevar el crecimiento de largo plazo.

El dato más duro es que el sector primario está salvando al país de caer en recesión, pero no puede salvar por sí solo a la economía. Ningún país puede construir una estrategia de crecimiento sostenido descansando en el buen comportamiento del campo mientras la industria se estanca y las manufacturas retroceden. La agricultura ha amortiguado el golpe; pero no puede sustituir a la inversión productiva, a la infraestructura, a la energía competitiva, a la certidumbre regulatoria ni a una política industrial moderna.

México tiene fortalezas muy importantes: una ubicación geográfica privilegiada, acceso preferencial al mercado más grande del mundo, inflación a la baja y un tipo de cambio relativamente estable. La pregunta es por qué todas esas fortalezas no se están traduciendo en más inversión, mayor producción y mejores empleos.

Conclusiones

El balance de 2026 es claro: México ha evitado una recesión, pero no está construyendo una expansión sólida. La economía crece apenas 1.1%, sostenida en buena medida por el sector primario y los servicios, mientras la industria continúa perdiendo fuerza. La estabilidad cambiaria, la inflación descendente y la integración con Norteamérica deberían traducirse en mayor inversión, producción y empleos, pero el aparato productivo sigue sin despegar.

Quizá el mayor riesgo para México ya no sea una crisis económica, sino acostumbrarse al bajo crecimiento. Cuando una economía pasa varios años expandiéndose apenas alrededor del 1% anual, el costo deja de medirse sólo en puntos del PIB: se refleja en inversiones que no llegan, empleos que no se crean y oportunidades de desarrollo que el país deja pasar. Ese es el verdadero desafío: convertir la estabilidad macroeconómica en un crecimiento capaz de elevar de forma sostenida el bienestar de la población.

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