El enorme déficit comercial con Asia muestra la dependencia mexicana de insumos extranjeros y esto se ha convertido en uno de los temas centrales para el futuro del T-MEC.
Hay una forma muy sencilla de entender uno de los mayores desequilibrios de la economía mexicana: observar hacia dónde vendemos y de dónde compramos. Cuando hacemos ese ejercicio, inmediatamente se observa una diferencia geográfica muy marcada. México genera prácticamente todo su superávit comercial en el continente americano, principalmente gracias a Estados Unidos, mientras acumula un gigantesco déficit con las naciones asiáticas.
Los números son contundentes. Durante los primeros cinco meses de 2026, México exportó mercancías por 247 mil 628 millones de dólares e importó 244 mil 120 millones, obteniendo un superávit comercial de 3 mil 508 millones. Pero detrás de ese resultado relativamente equilibrado existe una enorme compensación entre regiones. Con América tuvimos un superávit de 124 mil 769 millones de dólares; con Asia, un déficit de 107 mil 991 millones. Con Europa también registramos un déficit, aunque considerablemente menor, de 13 mil 238 millones.

Dicho de otra manera: México compra masivamente en Asia y vende masivamente en América. Esa estructura comercial no es nueva ni necesariamente negativa por sí misma. En una economía como la mexicana, integrada a cadenas globales de valor, es perfectamente normal importar componentes de un país, transformarlos en otro y vender el producto terminado en un tercero. El verdadero problema surge cuando nos preguntamos cuánto valor agregado estamos integrando en las exportaciones mexicanas, qué tan dependientes somos de insumos extrarregionales y, sobre todo, qué tan compatible seguirá siendo este modelo con la nueva política comercial de Estados Unidos.

Estados Unidos sostiene el superávit mexicano
La concentración del comercio es todavía más evidente cuando dejamos de hablar de continentes y observamos países. Con cifras de INEGI, vemos que durante los primeros cinco meses de 2026, México exportó 205 mil 439 millones de dólares a Estados Unidos e importó 83 mil 855 millones. El resultado fue que obtuvimos un extraordinario superávit de 121 mil 585 millones de dólares, mientras que el comercio bilateral alcanzó 289 mil 294 millones.

Esto significa que prácticamente la inmensa mayoría del enorme superávit que México obtiene en América proviene de Estados Unidos. Nuestro modelo exportador depende de manera abrumadora del mercado estadounidense y eso explica por qué la revisión del T-MEC no puede analizarse solamente como una negociación comercial más.
Del otro lado del mundo ocurre exactamente lo contrario. México exportó a China apenas 4 mil 994 millones de dólares, pero importó 42 mil 851 millones. El déficit fue de 37 mil 857 millones de dólares. Por cada dólar que México exportó a China, importó aproximadamente 8.6 dólares.
Y China ni siquiera explica por sí sola la magnitud del desequilibrio asiático.

El dato de Taiwán es impresionante
Probablemente los números que más llaman la atención en las estadísticas recientes de comercio exterior son los de Taiwán, nuestro flamante tercer mayor socio comercial. Durante los primeros cinco meses de 2025, México exportó a ese mercado apenas 515 millones de dólares, mientras importó 27 mil 403 millones. El déficit alcanzó 26 mil 888 millones de dólares. Es decir, por cada dólar exportado a Taiwán, México importó alrededor de 53 dólares.
Después aparecen desequilibrios importantes con Vietnam, con un déficit de 10 mil 966 millones; Corea del Sur, 9 mil 174 millones; Malasia, 6 mil 100 millones; Japón, 4 mil 945 millones; e India, 2 mil 308 millones.
Aquí hay que hacer una precisión importante. Un déficit comercial bilateral no significa automáticamente que exista un problema económico. México importa de Asia una enorme cantidad de componentes, maquinaria, equipo electrónico, semiconductores y otros bienes utilizados por la propia industria nacional. Parte de esas importaciones alimenta cadenas productivas que posteriormente exportan a Estados Unidos.

Además, la composición de las exportaciones chinas está cambiando. China ya no compite solamente como proveedor de bienes de consumo terminados, sino cada vez más como proveedor de las propias fábricas del mundo. De acuerdo con un análisis de McKinsey Global Institute citado por The Wall Street Journal, durante los primeros cinco meses de 2026 las exportaciones chinas de bienes intermedios aumentaron 25% anual y las de bienes de capital 12%, mientras las de bienes de consumo crecieron apenas 4%. México aparece, además, entre los mercados donde fabricantes chinos de maquinaria y equipo industrial están aumentando sus ventas. Esto vuelve todavía más relevante la discusión sobre cuánto contenido y valor agregado nacional estamos incorporando a lo que posteriormente exportamos a Estados Unidos.
Todo esto forma parte de la lógica de las cadenas globales de valor, pero es precisamente ahí donde comienza el problema político.

Washington ya puso el tema sobre la mesa
Estados Unidos no está llegó a la revisión del T-MEC preguntándose solamente cuánto comercio existe entre los tres países que conforman el acuerdo. La pregunta que ha estado planteando es: ¿quién se está beneficiando realmente de la integración norteamericana?
En marzo de este año, Estados Unidos y México acordaron que uno de los objetivos de las discusiones sería garantizar que los beneficios del T-MEC correspondan principalmente a sus miembros, incluyendo reducir la dependencia de importaciones provenientes de fuera de la región, fortalecer las reglas de origen y aumentar la seguridad de las cadenas norteamericanas de suministro.
Pocos días después el planteamiento se hizo todavía más explícito. Los equipos técnicos comenzaron a analizar alternativas para aumentar la producción y el empleo manufacturero en Estados Unidos y México mientras se busca limitar la utilización de insumos provenientes de economías con prácticas no de mercado dentro de las cadenas productivas norteamericanas.
Y después de la primera ronda bilateral de negociación, la USTR señaló directamente la necesidad de evitar el “free-riding” de terceros países, es decir, que economías ajenas al acuerdo terminen beneficiándose de las preferencias creadas por el T-MEC. No estamos hablando, por lo tanto, de una preocupación hipotética.

En julio, durante la tercera ronda bilateral, el representante comercial estadounidense Jamieson Greer volvió a señalar que uno de los objetivos es cerrar los espacios que permitan que países no miembros obtengan esos beneficios. Tras las conversaciones, México y Estados Unidos destacaron conjuntamente la necesidad de fortalecer la manufactura norteamericana, las cadenas regionales y enfrentar precisamente ese aprovechamiento por parte de terceros países.
China no siempre aparece mencionada por nombre en esos comunicados. Pero conceptos como “economías no de mercado”, “insumos no de mercado”, “dependencia extrarregional” y “free-riding de países no miembros” dejan perfectamente claro cuál es la preocupación de fondo de Washington.
El problema no es importar de Asia
Aquí conviene evitar una conclusión equivocada. El problema de México no consiste simplemente en comprar mucho a China, Taiwán, Corea o Japón. Si una empresa mexicana importa un semiconductor taiwanés, puede incorporar ingeniería, software, componentes nacionales, mano de obra especializada y otros procesos en México, para después exportar un producto de alto valor agregado, esa importación puede fortalecer la competitividad mexicana.
Por eso no podemos inferir a partir del déficit de 108 mil millones de dólares con Asia cuánto valor agregado mexicano contienen posteriormente nuestras exportaciones hacia Estados Unidos. Las tablas aquí presentadas no permiten hacerlo. Pero sí revelan la enorme dimensión de nuestra dependencia de Asia.
En apenas cinco meses, México importó 121 mil 54 millones de dólares de Asia y solamente exportó hacia ese continente 13 mil 64 millones. Las compras provenientes de Asia equivalieron prácticamente a la mitad de todas las importaciones mexicanas durante ese periodo. Eso inevitablemente coloca la estructura de abastecimiento de la industria mexicana en el centro de la revisión del T-MEC.
Entonces, es evidente que la discusión no consiste únicamente en revisar dónde se realiza el ensamble final. La presión estadounidense está centrada en revisar qué insumos contiene un producto, dónde fueron producidos y cuánto de la cadena realmente pertenece a América del Norte. Y eso puede cambiar sustancialmente los incentivos para producir en México.

China es mucho más que triangulación
También debemos tener cuidado con la palabra “triangulación”. Triangular no significa simplemente importar un componente chino, transformarlo en México y posteriormente exportarlo a Estados Unidos. Si una empresa importa legalmente un insumo, realiza en México los procesos necesarios y el producto cumple efectivamente con las reglas de origen establecidas en el T-MEC, puede acceder legítimamente al trato preferencial correspondiente.
Otra cosa muy distinta es utilizar México para realizar procesos mínimos que no confieren origen, reempacar o reetiquetar mercancías, modificar documentación o facturas, alterar el origen declarado o realizar otras operaciones destinadas a evadir los aranceles aplicables a productos chinos.
Y aquí tenemos una novedad muy importante. La Casa Blanca acaba de colocar a México entre los países utilizados para el transbordo ilegal de mercancías vinculadas con China hacia Estados Unidos. En su reporte The Great Transshipment Scam, la Oficina de Comercio y Manufactura ubica a México dentro de los llamados “líderes de escala diversificada”, países con grandes volúmenes de mercancías vinculadas con China y, al mismo tiempo, importantes plataformas de exportación hacia Estados Unidos.
El señalamiento es particularmente delicado porque México tiene acceso preferencial al mercado estadounidense a través del T-MEC. De acuerdo con el análisis estadounidense, mercancías chinas pueden llegar a terceros países para recibir ensamblaje simple, acabado, reempaque, etiquetado o incluso modificaciones documentales sin que exista necesariamente una transformación sustancial que cambie su verdadero origen. Posteriormente podrían ingresar a Estados Unidos aparentando ser originarias de otro país y evitando total o parcialmente los aranceles aplicables a China.

El reporte incluso identifica específicamente al corredor Guanajuato-Querétaro como un posible punto de concentración de operaciones relacionadas con motores eléctricos, generadores, transformadores y convertidores estáticos. Esto resulta especialmente relevante porque estamos hablando de dos de los principales estados industriales del país.
Pero aquí también debemos evitar una generalización injustificada. El propio análisis estadounidense reconoce que el aumento de las exportaciones desde terceros países no demuestra por sí mismo la existencia de transbordo ilegal. Parte de esos flujos puede responder perfectamente a nuevas inversiones, producción legítima y cambios reales en las cadenas globales de suministro. El problema consiste precisamente en distinguir entre manufactura genuina realizada en México y operaciones cuyo propósito fundamental sea modificar artificialmente el origen de una mercancía.
Para México esto eleva considerablemente la importancia del tema de cara a la revisión del T-MEC. Ya no estamos hablando solamente de la preocupación estadounidense por nuestra dependencia de insumos asiáticos. Washington está poniendo directamente bajo la lupa la trazabilidad, el origen y el grado de transformación de las mercancías que México exporta hacia Estados Unidos.

Y todavía falta el comercio que no aparece correctamente en las estadísticas
Aunado a lo ya mencionado, existe otro problema que agrava el panorama de la relación comercial de México con las naciones asiáticas: el contrabando bronco y la subvaluación de mercancías.
Aquí estamos hablando de algo distinto a la dependencia legítima de importaciones asiáticas. Una empresa que importa legalmente un componente, paga los impuestos correspondientes y cumple las regulaciones participa dentro del comercio formal.
El contrabando bronco y la subvaluación de mercancías alteran completamente esa competencia. Cuando una mercancía entra sin cumplir los procedimientos aduaneros o se declara a un precio artificialmente bajo para pagar menos aranceles, el importador obtiene una ventaja que no proviene de productividad, tecnología o eficiencia. Proviene de la ilegalidad. Pero además existe un problema estadístico: una parte de esas mercancías no queda registrada o lo hace por debajo de su verdadero valor.
Por ello, el déficit comercial efectivo de México con Asia debe ser considerablemente mayor a los 107 mil 991 millones de dólares que muestran las cifras oficiales para los primeros cinco meses de 2026. No sabemos cuánto mayor, pero sabemos que el contrabando y la subvaluación provocan que una parte del comercio no quede correctamente reflejada en las estadísticas.
Esto tiene dos consecuencias. La primera es evidente: perjudica directamente al fabricante mexicano que paga impuestos, salarios, cuotas de seguridad social y cumple con normas y regulaciones.

La segunda puede resultar todavía más importante de cara al T-MEC: en momentos en que la propia Casa Blanca está señalando a México como uno de los países utilizados para el transbordo ilegal de mercancías vinculadas con China, combatir el contrabando, la subvaluación y la alteración del origen se convierte en una condición indispensable para demostrar que México tiene aduanas confiables y que puede garantizar la trazabilidad de lo que entra al país y posteriormente se incorpora a las cadenas productivas de América del Norte.
En el proceso de revisión del T-MEC, en el que Washington habla explícitamente de seguridad económica, reglas de origen, insumos extrarregionales y aprovechamiento del acuerdo por terceros países, la eficiencia y credibilidad de las aduanas mexicanas ha dejado de ser solamente un problema recaudatorio. Se convierte en un asunto estratégico.
El verdadero reto: producir más valor en México
La respuesta a este escenario no puede consistir simplemente en cerrar las importaciones provenientes de Asia. Eso dañaría a numerosas industrias mexicanas que necesitan componentes que actualmente no se producen en el país en cantidad, calidad o precio suficientes. Por lo tanto, el reto tiene que abordarse de manera mucho más ambiciosa.
México necesita aprovechar la revisión del T-MEC para elevar el contenido regional y, especialmente, el valor agregado generado dentro del país. Eso implica desarrollar proveedores nacionales, integrar a más mipymes mexicanas a las cadenas de valor, atraer inversiones hacia segmentos de mayor contenido tecnológico, fortalecer sectores estratégicos, mejorar infraestructura y energía, combatir frontalmente el contrabando y la subvaluación y crear condiciones para que producir un insumo en México resulte más atractivo que importarlo desde el otro lado del Pacífico.
El reto resulta bastante claro en las cifras: en cinco meses tenemos un superávit de 121 mil 585 millones de dólares con Estados Unidos y déficits de 37 mil 857 millones con China y 26 mil 888 millones con Taiwán en apenas cinco meses.
Esos números no prueban que México sea simplemente un país de triangulación, pero sí muestran que somos una economía que vende masivamente hacia el norte mientras depende enormemente de suministros provenientes del otro lado del Pacífico. Y ésa es justamente una de las contradicciones que Estados Unidos quiere atacar en la revisión del T-MEC.
México tiene frente a sí una oportunidad extraordinaria. Si Norteamérica quiere depender menos de China y de otras fuentes extrarregionales, alguien tendrá que fabricar una parte de lo que hoy importamos desde Asia. México puede convertirse en uno de los grandes beneficiarios de ese proceso.
Pero para lograrlo no basta con importar, ensamblar y exportar. Tenemos que fabricar más aquí, incorporar a más empresas mexicanas a las cadenas productivas y quedarnos con una mayor parte del valor que genera el comercio de América del Norte.
Ésa debería ser nuestra estrategia.
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Alejandro Gómez Tamez*
Director General GAEAP*
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