Comienza el cierre del año y la realidad está ahí: petróleo caro, inflación persistente, gobiernos sobreendeudados, incertidumbre en tasas de interés y una economía mundial cada vez más dependiente del boom de la inteligencia artificial.
Se acaba agosto y entramos en la recta final del año. Durante el verano quizá algunos de estos problemas quedaron en segundo plano, pero siguieron acumulándose. La guerra de Estados Unidos con Irán continúa alterando los mercados de energía, la inflación se resiste a bajar, los gobiernos enfrentan enormes necesidades de financiamiento, los bancos centrales tienen cada vez menos margen para bajar las tasas de interés y buena parte del optimismo de los mercados descansa sobre el extraordinario ciclo de inversión en inteligencia artificial. No son riesgos nuevos, pero ocurren en un momento en el que la economía mundial tiene menos margen para absorber nuevos golpes.
Así que bienvenidos de regreso a la realidad. No podemos asegurar que la economía global se vaya a descarrilar, pero no podemos negar que hay una acumulación preocupante de riesgos que pueden alimentarse unos a otros. Petróleo más caro puede significar más inflación; más inflación puede obligar a mantener tasas elevadas; tasas elevadas complican el refinanciamiento de gobiernos y empresas altamente endeudados; problemas en los bonos pueden endurecer las condiciones financieras; y todo eso ocurre mientras las bolsas dependen cada vez más de que la enorme apuesta por la inteligencia artificial siga entregando resultados. Para México, sus empresas y sus familias, conviene entender esta cadena de eventos porque varios de esos riesgos ya nos están pegando.

Cinco riesgos que vamos a tener que vigilar
El primero, y quizá el más evidente, sigue siendo la guerra de Estados Unidos con Irán y sus implicaciones en el Estrecho de Ormuz. Los precios del petróleo y del gas han registrado fuertes movimientos conforme los mercados intentan anticipar cuándo y bajo qué condiciones podrá normalizarse el tránsito por esta vía marítima.
Hasta ahora la economía mundial ha resistido mejor de lo que muchos esperaban el aumento de los precios energéticos. Pero hay que considerar que los amortiguadores que ayudaron a absorber el golpe inicial se están agotando. Por eso las conversaciones entre Irán y Omán para administrar el tránsito por Ormuz adquieren tanta relevancia. Y el problema está modificando decisiones de largo plazo. Inversionistas y gobiernos comienzan a evaluar ductos que permitan evitar el estrecho y nuevas configuraciones regionales, incluso acercamientos entre Arabia Saudita, Pakistán y Turquía.

El segundo riesgo es el estancamiento del proceso de desinflación y lo que harán los bancos centrales. Y justo acabamos de ver como en Jackson Hole, Kevin Warsh dejó claro que la batalla contra la inflación estadounidense no ha terminado. Reafirmó el objetivo de inflación de 2% y señaló que, si las presiones subyacentes no avanzan hacia esa meta con suficiente claridad y velocidad, la Fed todavía tiene trabajo por hacer. El mensaje movió inmediatamente al mercado y subió el rendimiento del bono del Tesoro a dos años.
Los datos ayudan a entender la preocupación. El indicador de inflación preferido por la Fed aumentó 3.7% anual en julio, exactamente la misma tasa que en junio, por lo que sigue lejos del objetivo de 2%. Además, durante los últimos seis meses casi la mitad de los precios individuales que sigue el banco central aumentaron a una tasa anualizada superior a 3%. Y, para complicar todavía más la decisión, la economía estadounidense conserva bastante fortaleza: aunque el PIB creció a una tasa anualizada de apenas 1.5% en el segundo trimestre, las ventas finales a compradores privados domésticos —una medida que algunos economistas consideran más representativa de la demanda interna— avanzaron 4.2%.
Por eso la reunión de la Fed del 15 y 16 de septiembre adquiere todavía mayor importancia. El mercado asigna alrededor de 60% de probabilidad a que la tasa permanezca en su rango actual de 3.50% a 3.75%, lo que deja una probabilidad cercana a 40% de un aumento. Pero Warsh agrega otro elemento de incertidumbre: insistió en que quiere una Fed más silenciosa, con menos orientación explícita sobre sus movimientos futuros. Su argumento es que los inversionistas deben interpretar por sí mismos las señales de la economía y de los mercados, en lugar de depender de que el banco central les anticipe lo que hará.

Aquí vemos una contradicción relevante, porque, por un lado, está Warsh, quien quiere que el mercado produzca una señal lo más limpia posible; pero, por el otro, está el secretario del Tesoro, Scott Bessent, quien ya ha intervenido dos veces recientemente en el mercado de bonos para intentar contener el aumento de las tasas de largo plazo. En otras palabras, la Fed quiere escuchar con mayor atención al mercado justo cuando el Tesoro está tratando de influir sobre lo que ese mercado está diciendo. Esto complica la lectura de las condiciones financieras y agrega incertidumbre sobre el rumbo de las tasas estadounidenses.
Y Estados Unidos no será el único foco de atención. Apenas dos días después llegará la decisión del Banco de Japón, el 18 de septiembre, para la cual los mercados esperan un aumento de tasas después de las intervenciones realizadas para fortalecer al yen. Los rendimientos de los bonos japoneses a diez años ya se acercan al 3%, su nivel más alto desde mediados de los años noventa. Durante décadas, Japón fue una de las grandes fuentes de financiamiento barato del sistema internacional y la base del carry trade. Que sus tasas estén aumentando a niveles no vistos en treinta años es una señal más de que el mundo del dinero casi gratis quedó atrás.

El tercer gran riesgo es el sobreendeudamiento de los gobiernos. Economías desarrolladas y emergentes llegan a esta etapa con niveles elevados de deuda pública y menos espacio para responder a nuevos choques. Mientras las tasas permanecieron extraordinariamente bajas, esto era manejable. El problema ocurre cuando llega el momento de refinanciar la deuda a costos mayores. El aumento de las primas por plazo y de los rendimientos de los bonos incrementa el servicio de la deuda y suele obligar a los gobiernos a depender cada vez más de emisiones de corto plazo.
Europa ofrece varios focos de atención. Francia deberá presentar en las próximas semanas su presupuesto mientras intenta contener el déficit antes de las elecciones presidenciales de 2027. El riesgo es que los inversionistas exijan rendimientos mayores para mantener bonos franceses. Alemania tampoco está completamente al margen: el gobierno de Friedrich Merz enfrenta elecciones estatales en un ambiente político complicado. Y en Reino Unido, el nuevo gobierno de Andy Burnham tendrá una prueba importante con la conferencia del Partido Laborista en septiembre y el presupuesto de octubre.
Estados Unidos enfrenta una versión todavía mayor de este problema. En septiembre comenzará a intensificarse la campaña para las elecciones intermedias de noviembre y la economía inevitablemente entrará en la discusión política. La gasolina estadounidense pasó de menos de 3 dólares por galón en enero a más de 4 dólares en promedio, producto de la guerra con Irán. Al mismo tiempo, la administración Trump tiene fuertes incentivos para evitar que las tasas de largo plazo permanezcan demasiado altas antes de las elecciones, entre otras cosas porque las tasas hipotecarias están vinculadas a esa parte de la curva.

El cuarto riesgo es probablemente el más interesante porque, a diferencia de los anteriores, proviene de algo que hasta ahora ha sido extraordinariamente positivo: el boom de la inteligencia artificial. Una parte desproporcionada del desempeño de las bolsas y de la inversión empresarial está vinculada con la construcción de infraestructura para IA. Las inversiones son reales y su impacto sobre la actividad económica también lo es. El riesgo consiste en que cada vez más valoraciones dependen de que esa historia continúe prácticamente sin interrupciones.
Anthropic podría convertirse en una prueba importante. Después de la gigantesca salida a bolsa de SpaceX en junio, la empresa de inteligencia artificial aparece como uno de los próximos candidatos a una colocación de enorme tamaño. Los reportes hablan de que podría captar hasta 100 mil millones de dólares. Anthropic fue valuada en 965 mil millones de dólares en mayo, por lo que una salida a bolsa alrededor del billón de dólares la colocaría inmediatamente entre las mayores empresas cotizadas del planeta.
Al mismo tiempo, las grandes tecnológicas están colocando cantidades crecientes de bonos para financiar su enorme gasto de capital. Mientras los inversionistas mantengan su apetito por esta historia, el mecanismo puede seguir funcionando. Pero las valoraciones son tan elevadas que una decepción sobre la rentabilidad de estas inversiones podría extenderse rápidamente hacia Nvidia, Microsoft y prácticamente cualquier compañía cuyo precio incorpore expectativas muy fuertes de demanda por infraestructura de IA. A eso debemos agregar las restricciones comerciales sobre semiconductores que ha impuesto Estados Unidos e contra de China, que podrían afectar las cadenas de suministro tecnológicas.

Finalmente está un riesgo menos visible, pero potencialmente importante: el apalancamiento y la falta de liquidez en intermediarios financieros no bancarios. Fondos de cobertura, fondos cotizados apalancados y otras instituciones pueden funcionar como amplificadores de la volatilidad. Cuando cambia bruscamente el sentimiento del mercado, algunas posiciones altamente apalancadas enfrentan llamadas de margen o necesidades inmediatas de liquidez. Entonces tienen que vender activos, no porque quieran, sino porque necesitan hacerlo.
Aquí surge el riesgo de las ventas forzadas. Si muchos participantes intentan reducir riesgo al mismo tiempo, la liquidez puede disminuir rápidamente y el ajuste puede transmitirse incluso al sistema bancario tradicional. Para grandes instituciones financieras, el riesgo no se centra en caídas de precios de activos, sino en la iliquidez sistémica y el riesgo de contraparte en los mercados de derivados.

¿Y todo esto qué significa para México?
México no es el foco de ninguno de estos problemas, pero es sensible a prácticamente todos. El primer canal es la energía. Si la guerra con Irán mantiene elevados los precios del petróleo y el gas, el impacto va mucho más allá de los combustibles. Las empresas enfrentan mayores costos de transporte y logística, pero también presiones en una amplia gama de insumos derivados del petróleo y del gas, como plásticos, fibras textiles sintéticas, resinas, productos químicos y fertilizantes. Esto presiona costos de producción en numerosas industrias que eventualmente se trasladan al componente subyacente del índice nacional de precios al consumidor. Para las familias, además, significa destinar una mayor proporción de sus ingresos al transporte y otros bienes.
El segundo canal son las tasas de interés. Si la inflación estadounidense obliga a la Fed a mantener tasas altas durante más tiempo o incluso a aumentarlas, el costo global del dinero seguirá elevado. Para México eso importa porque influye sobre las tasas domésticas, el costo de financiar empresas y gobierno, y los movimientos de capital. Lo mismo ocurre con el aumento de los rendimientos de los bonos soberanos. Cuando los inversionistas obtienen mayores rendimientos en instrumentos emitidos en economías desarrolladas, los mercados emergentes necesitan ofrecer condiciones suficientemente atractivas para mantener los flujos de capital.

El tercer canal es el tipo de cambio. Los episodios de estrés geopolítico por lo general provocan una búsqueda de activos considerados refugio, lo que podría fortalecer al dólar en el corto plazo y generar movimientos en las monedas emergentes. Para México, esto requiere un mayor análisis ya que ahora tenemos un peso muy apreciado que ha restado competitividad a los exportadores y abaratado las importaciones, por lo que un dólar más fuerte no necesariamente sería una mala noticia. El riesgo que habría que resaltar, aunque es poco probable, es el de un ajuste abrupto o desordenado. Para las empresas con deuda en dólares podría significar mayores costos financieros, mientras que para quienes utilizan una proporción importante de insumos importados elevaría sus costos de producción. Para las familias, una depreciación rápida del peso podría terminar reflejándose en mayores precios de algunos bienes importados.
El cuarto canal es la economía real. México está profundamente integrado con Estados Unidos y una desaceleración o caída de la inversión, del consumo o de la actividad industrial estadounidense inevitablemente tendría consecuencias para nuestras exportaciones. Esto es importante debido a que buna parte del dinamismo estadounidense está relacionada con el enorme ciclo de inversión tecnológica. México puede beneficiarse de la construcción de centros de datos, equipo eléctrico, electrónicos y otras cadenas vinculadas con la IA, pero también es vulnerable si ese impulso se debilita.
Y el quinto canal es el de la confianza. Los episodios de fuerte volatilidad financiera tienden a retrasar decisiones de inversión y, en el caso de México, estos riesgos externos se suman a una incertidumbre que ya es considerable. Las empresas están pendientes de la revisión del T-MEC y de los cambios legales e institucionales que se han venido dando en el país. Si a eso agregamos dudas sobre cuánto costará la energía, dónde estarán las tasas de interés o qué ocurrirá con el tipo de cambio, algunas empresas pueden optar por esperar antes de ampliar una planta, contratar trabajadores o realizar una adquisición importante.

Conclusiones
Septiembre merece atención porque llegamos a la recta final del año con varios riesgos abiertos al mismo tiempo y con poco margen para absorber nuevos golpes. La economía mundial ha mostrado una resistencia considerable, pero ahora enfrenta una combinación más complicada de energía cara, inflación persistente, tasas elevadas, gobiernos sobreendeudados y mercados financieros muy dependientes del auge de la inteligencia artificial. El gran problema de todo esto es que los cinco están conectados y pueden terminar reforzándose entre sí.
Para los empresarios mexicanos, la sugerencia es hacer números con escenarios conservadores. ¿Qué pasa con el flujo de efectivo si sube el costo del financiamiento? ¿Qué ocurre con los márgenes si aumenta la energía y se encarecen algunos insumos? ¿Cuánto cambia la rentabilidad si se mueve el tipo de cambio? En el momento actual, responder este tipo de preguntas resulta más relevante que intentar adivinar dónde estarán el dólar, las tasas o la bolsa en diciembre.
Así que bienvenidos de regreso a la realidad. Se terminaron las vacaciones de verano y los próximos cuatro meses estarán cargados de incertidumbre. Para México, además, estos riesgos externos se suman a los que ya tenemos en casa, desde la revisión del T-MEC hasta los cambios legales e institucionales que han afectado la confianza. No sabemos cuál de todos estos riesgos terminará pesando más, y puede ocurrir que varios se disipen sin mayores consecuencias. Pero no parece prudente pensar que el cierre de 2026 será simplemente una continuación de los primeros ocho meses.
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Alejandro Gómez Tamez*
Director General GAEAP*
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