El superpeso abarata importaciones, pero le resta competitividad a la industria mexicana.
Durante muchos años, en México aprendimos a interpretar un peso fuerte como una señal inequívocamente positiva. Cuando baja el dólar se habla de confianza, estabilidad y fortaleza de los fundamentos económicos. Y ciertamente una moneda apreciada tiene algunas ventajas: abarata importaciones, reduce el costo en pesos de insumos y maquinaria comprados en el exterior, ayuda a contener algunas presiones inflacionarias y disminuye el costo de las deudas denominadas en dólares.
Los problemas comienzan cuando la apreciación es demasiado pronunciada y se prolonga en el tiempo. En una economía abierta y altamente dependiente del sector manufacturero como la mexicana, el tipo de cambio no solamente determina cuánto cuestan las vacaciones en Estados Unidos. Es uno de los precios relativos más importantes de toda la economía y afecta directamente la competitividad de miles de empresas. En agosto de 2026, con un tipo de cambio en torno a 17.14 pesos por dólar al momento de escribir este texto, estamos nuevamente frente a esa discusión.

El tipo de cambio es, al final de cuentas, un precio más dentro de la economía: el precio de una moneda expresado en términos de otra. Y como cualquier precio, cuando cambia de manera importante modifica incentivos, costos y decisiones económicas. El tipo de cambio promedio pasó de 20.55 pesos por dólar en enero de 2025 a 17.25 pesos en agosto de este año. Eso significa una apreciación nominal del peso cercana a 16% en apenas 19 meses. Si la comparación se hace contra agosto de 2025, la apreciación anual es de 7.8%. Pero más importante aún es la apreciación en términos reales: en junio de 2026, el tipo de cambio real se ubicó 11.6% por debajo del nivel registrado un año antes.
No se trata, por lo tanto, únicamente de un movimiento nominal. Si consideramos la inflación, el peso se ha fortalecido considerablemente más en términos reales, y eso modifica los precios relativos y las condiciones bajo las cuales compiten las empresas mexicanas.

La paradoja exportadora
A primera vista, los datos que dan cuenta del dinamismo del comercio exterior parecen contradecir cualquier preocupación respecto al tipo de cambio. Durante el primer semestre de 2026 México exportó mercancías por 389 mil 723 millones de dólares, un espectacular aumento de 24.6% anual. Las importaciones también crecieron a una tasa elevada, 22.0%, hasta alcanzar 379 mil 866 millones de dólares. El país acumuló así un superávit comercial récord de 9 mil 857 millones de dólares.
Sin embargo, la historia cambia de manera importante cuando esos flujos se expresan en pesos. Durante el primer semestre de 2025, el tipo de cambio promedio mensual fue de aproximadamente 19.963 pesos por dólar, mientras que en el mismo periodo de 2026 bajó a 17.465 pesos. Utilizando estos promedios como referencia, las exportaciones pasaron de aproximadamente 6.24 billones de pesos en el primer semestre de 2025 a 6.81 billones en 2026. Es decir, mientras medidas en dólares crecieron 24.6%, expresadas en pesos el incremento fue de aproximadamente 9.0%.
Algo similar sucede con las importaciones: pasaron de un equivalente aproximado de 6.21 billones de pesos a 6.63 billones, por lo que su crecimiento, expresado de esta manera, sería de alrededor de 6.8%, frente al aumento de 22.0% que muestran las cifras en dólares. Esta conversión es solamente una aproximación para dimensionar los flujos en moneda nacional, ya que utiliza el promedio simple de los tipos de cambio mensuales y no el tipo de cambio correspondiente a cada operación.

Entonces, ¿dónde está el problema? En que exportar más dólares no necesariamente significa que las empresas exportadoras en México estén recibiendo proporcionalmente más pesos. Vemos un sencillo ejemplo: supongamos que una empresa exporta un millón de dólares. Con un dólar a 20.50 pesos recibe 20.5 millones de pesos antes de considerar coberturas y otros costos financieros. Con un dólar a 17.25 recibe 17.25 millones. La misma venta externa genera 3.25 millones de pesos menos.
Y dado que buena parte de sus costos —salarios, electricidad, renta, servicios, impuestos, transporte nacional— están denominados en pesos, éste es el primer mecanismo mediante el cual una apreciación cambiaria puede disminuir la rentabilidad de una empresa exportadora en México.
Por supuesto esta es una generalización, el efecto no es igual para todas. Una compañía que importa gran parte de sus insumos y vende en el mercado nacional se puede beneficiar del dólar barato. Por eso sería incorrecto afirmar de manera categórica que una apreciación del peso perjudica automáticamente a toda la planta manufacturera. El impacto depende del contenido importado, la estructura de costos, las coberturas cambiarias, la productividad y la capacidad de trasladar precios.

El dólar barato también compite dentro de México
El segundo canal por el que la apreciación del peso puede afectar a la manufactura está en el mercado interno. Los datos de consumo muestran una brecha muy marcada entre lo que está ocurriendo con los bienes nacionales y los importados. Durante los primeros cinco meses de 2026, el consumo privado creció 2.4% anual; sin embargo, el consumo de bienes nacionales prácticamente permaneció estancado, con un avance de apenas 0.1%, mientras que el de bienes importados aumentó 11.4%.
No podemos atribuir esa diferencia exclusivamente al tipo de cambio. En las decisiones de consumo también intervienen el ingreso, el empleo, el crédito, los precios y las preferencias de los consumidores. Pero una brecha de esta magnitud sí es consistente con el efecto que la teoría económica atribuye a una apreciación real: una mayor competitividad de los bienes importados frente a los producidos en el país. En otras palabras, el consumo está creciendo, pero ese crecimiento está beneficiando mucho más al producto extranjero que al nacional.

Podemos ver la misma señal cuando analizamos el comercio exterior por tipo de bien. Durante los primeros cinco meses de 2026, México importó mercancías por 311 mil 405 millones de dólares, 20.8% más que un año antes. Las importaciones de bienes de consumo crecieron 6.9%, pero el incremento más fuerte ocurrió en los bienes intermedios, con 25.8%, mientras que las compras de bienes de capital disminuyeron 0.4%.
Este último dato es particularmente importante. El crecimiento de las importaciones no está siendo encabezado por maquinaria y equipo que pudiera ampliar la capacidad productiva del país, sino por insumos y componentes utilizados en los procesos de producción. Muchos de ellos son indispensables y su menor costo beneficia a la industria mexicana; pero otros compiten directamente con proveedores nacionales. No podemos determinar con estos datos cuánto corresponde a cada caso, pero el resultado agregado es claro: mientras crece considerablemente la presencia de bienes e insumos importados en la economía mexicana, la demanda por bienes nacionales prácticamente no crece.
A esta ecuación hay que agregar el factor China, cuya enorme capacidad manufacturera se ha traducido en una creciente presencia de sus productos en los mercados internacionales. Maquinaria, electrónica, acero, textiles, productos químicos, vehículos y numerosos bienes de consumo forman parte de una oferta exportadora que compite con la producción mexicana tanto dentro como fuera del país. Para la industria nacional, enfrentar esa capacidad productiva resulta todavía más complicado cuando el peso se encuentra fuertemente apreciado.

Pero existe un problema adicional que ya no corresponde a la competencia internacional legítima. Diversas ramas manufactureras mexicanas enfrentan una invasión de productos a través de esquemas de contrabando bronco, subvaluación de mercancías y otras irregularidades en las aduanas. Cuando un producto ingresa al país sin cumplir sus obligaciones o declarando un valor inferior al real, obtiene una ventaja artificial frente a una empresa mexicana que paga impuestos, salarios, seguridad social y cumple con las regulaciones correspondientes.
Así, la presión sobre la planta productiva proviene de varios frentes que terminan reforzándose entre sí: un peso apreciado, una creciente presencia de productos importados, la enorme capacidad exportadora china y prácticas ilegales como el contrabando y la subvaluación. El tipo de cambio no provoca todos estos problemas, pero en las condiciones actuales puede amplificarlos al hacer todavía más difícil la competencia para quienes producen en México.
Mientras tanto, la manufactura mexicana cae
Aquí es donde las piezas del rompecabezas comienzan a embonar. Mientras las exportaciones e importaciones medidas en dólares crecen a tasas superiores a 20%, el valor nominal en pesos de la producción manufacturera mexicana cayó 1.9% durante los primeros cinco meses de 2026, pasando de 4.762 a 4.672 billones de pesos. El empleo manufacturero también cayó 2.1%, de 4.75 a 4.65 millones de personas.
La caída no está concentrada en industrias de poco peso. El valor nominal de la producción de equipo eléctrico cayó 9.3%; equipo de transporte, 7.2%; insumos textiles, 7.1%; maquinaria y equipo, 6.3%; plástico y hule, 6.3%; productos metálicos, 5.8%; y equipo de computación y electrónicos, 5.7%. En el empleo ocurre algo similar. Equipo de transporte perdió 5.4% de sus trabajadores; maquinaria y equipo, 3.9%; prendas de vestir, 3.8%; plástico y hule, 3.8%; y productos textiles, 3.7%.

De ninguna manera podemos concluir estadísticamente que toda esta caída fue causada por el peso fuerte. Hay demasiadas variables actuando simultáneamente: las tasas de crecimiento de México y Estados Unidos, los aranceles impuestos por Donald Trump, las decisiones de inversión, la incertidumbre asociada al T-MEC, los costos laborales, la productividad, las prácticas ilegales y desleales de comercio internacional, así como las condiciones particulares de cada industria.
Pero tampoco podemos ignorar que una apreciación real del peso mexicano del orden de los dos dígitos ocurre precisamente cuando los bienes importados ganan terreno en el consumo y numerosas ramas manufactureras pierden producción y empleo.
¿Por qué está tan fuerte el peso?
Tampoco aquí existe una explicación única, pero hay un factor financiero que no puede ignorarse. Este 6 de agosto, la Junta de Gobierno del Banco de México decidió por unanimidad mantener la tasa objetivo en 6.50%. Mientras tanto, la Reserva Federal mantiene su tasa de fondos federales entre 3.50 y 3.75%. Eso deja un diferencial nominal de entre 2.75 y 3 puntos porcentuales a favor de México.
Para inversionistas internacionales ese diferencial importa. Permite financiar posiciones en monedas con tasas menores y adquirir activos denominados en pesos que ofrecen rendimientos superiores, asumiendo desde luego el riesgo cambiario.
Ahí entra también Japón. El llamado carry trade consiste precisamente en obtener financiamiento en una moneda de bajo rendimiento para invertir en activos denominados en monedas que pagan tasas superiores. Japón ha sido históricamente una fuente importante de este tipo de financiamiento. Hoy el contexto es más complejo porque el Banco de Japón ha elevado su tasa y las autoridades japonesas y estadounidenses incluso han intervenido recientemente para sostener al yen.
Por eso sería incorrecto afirmar que “el carry trade japonés explica el superpeso”. No lo explica por sí solo. Pero el amplio diferencial de tasas mexicano forma parte de los incentivos financieros que hacen atractivos los activos en pesos y, por esa vía, pueden contribuir a la demanda por nuestra moneda.

El tipo de cambio no es un trofeo
Para concluir, quiero dejar en claro que nada de lo aquí expresado significa que México deba buscar artificialmente una moneda débil. Una depreciación excesiva también tiene costos porque encarece importaciones e insumos, puede alimentar inflación, aumenta el costo de deudas en dólares y reduce el poder adquisitivo internacional de los mexicanos.
El objetivo tampoco debería ser fijar administrativamente el tipo de cambio a través del banco central. México tiene un régimen cambiario flexible y debe conservarlo. Pero existe una enorme diferencia entre celebrar la estabilidad cambiaria y convertir la apreciación del peso en una especie de marcador del éxito económico.
El tipo de cambio es un precio. Y cuando ese precio se aleja de niveles que permiten a la planta productiva competir razonablemente, aparecen ganadores y perdedores.
Hoy los datos muestran una combinación que debería preocuparnos: un peso que en términos reales se ha apreciado fuertemente; importaciones creciendo 22%; consumo de bienes importados aumentando 11.4% mientras el de bienes nacionales apenas avanza 0.1%; producción manufacturera cayendo 1.9%; empleo manufacturero disminuyendo 2.1%; y varios de los principales estados industriales registrando retrocesos importantes, entre ellos Nuevo León (-4.7%), Guanajuato (-4.1%), Estado de México (-3.9%), Querétaro (-9.5%) y Baja California (-13.7%).
No hay una sola causa detrás de esos números. Sería intelectualmente incorrecto atribuirlos exclusivamente al tipo de cambio. Pero también sería un error negar que el precio del dólar forma parte de la explicación.
México necesita productividad, infraestructura, energía competitiva, seguridad, certeza jurídica, combate efectivo al contrabando y la subvaluación, mejores condiciones para invertir y una estrategia comercial capaz de enfrentar la enorme presión manufacturera proveniente de China. El tipo de cambio no sustituye ninguna de esas tareas. Pero tampoco debería convertirse en un obstáculo adicional.
Por eso, desde la perspectiva de la planta productiva nacional, considero que un dólar por arriba de 18.50 pesos ofrecería condiciones más favorables que las actuales. No porque 18.50 sea un tipo de cambio mágico o pueda determinarse como un nivel de equilibrio con los datos disponibles, sino porque representaría una depreciación cercana a 7% respecto de los niveles actuales, dando mayor oxígeno en pesos a los exportadores y reduciendo parte de la ventaja de precio que hoy tienen las importaciones. México no necesita una moneda artificialmente débil, pero tampoco debería celebrar una apreciación que termina jugando en contra de una parte importante de su aparato productivo. La fortaleza de una economía no se mide por cuántos pesos cuesta un dólar, sino por su capacidad para producir, invertir, generar empleos y competir.
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Alejandro Gómez Tamez*
Director General GAEAP*
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