¿El fin de los recortes de tasa de interés en México?

Por ahora, el petróleo arriba de 100 dólares, las tasas globales al alza y la depreciación del peso frenan nuevos recortes

Durante buena parte de 2026 parecía que el problema para los bancos centrales sería decidir qué tan rápido podían seguir bajando las tasas de interés. Ese escenario cambió. La guerra en Medio Oriente, el cierre del estrecho de Ormuz, el encarecimiento del petróleo y el regreso de presiones inflacionarias obligaron a replantear la política monetaria en buena parte del mundo. La Reserva Federal, el Banco Central Europeo y el Banco de Japón ya aumentaron sus tasas. En Estados Unidos, además, los rendimientos de los bonos del Tesoro se dispararon. El bono a 10 años llegó a 5.205%, su mayor nivel desde 2007, mientras el de 30 años alcanzó 5.489%, máximo desde 2004.

En este contexto, la reciente decisión del Banco de México de mantener la tasa de interés en 6.50% fue prudente, pero no elimina las presiones que enfrentamos. Banxico tiene frente a sí una economía mexicana que crece poco y que todavía enfrenta riesgos de mayor debilidad, al mismo tiempo que la inflación general volvió a subir, los servicios siguen aumentando, el super-peso se debilitó y la situación internacional se volvió mucho más adversa. Mantener la tasa evita imponer un costo adicional inmediato al gobierno federal, empresas y familias, pero también deja a México con un diferencial de tasas mucho menor frente a Estados Unidos. Ese es el delicado equilibrio que estará a discusión en el último trimestre del año.

Imagen que muestra el Banco de México con la bandera mexicana, rodeado de elementos que representan economía global, gráficos en aumento, y paisajes industriales y urbanos.

El mundo cambió mientras México bajaba su tasa

A principios de 2026, buena parte de los bancos centrales se encontraba en una etapa de estabilidad o reducción de tasas después del episodio inflacionario de 2022 y 2023. El panorama cambió el 28 de febrero, con el inicio de los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán y el cierre del estrecho de Ormuz, por donde transita alrededor de 20% del petróleo y gas natural del mundo. Seis meses después las hostilidades continúan y el golpe en los mercados energéticos ha generado inflación internacional.

El petróleo está en el centro del problema. Después de alcanzar 106.60 dólares por barril el jueves, el Brent cerró la semana en 104.32 dólares, mientras el WTI terminó en 92.41 dólares. Los precios bajaron el viernes ante la posibilidad de una negociación entre Estados Unidos e Irán, pero el Brent se mantuvo por encima de 100 dólares. El encarecimiento de la energía no se limita al petróleo. Gasolina, diésel, transporte y numerosos insumos industriales están expuestos directa o indirectamente a estos movimientos.

Para las empresas mexicanas, el petróleo más caro puede traducirse en mayores precios de derivados y otros insumos utilizados en la producción. En el caso de los combustibles, el impacto ha sido menor porque el gobierno está amortiguando el aumento al dejar de cobrar el IEPS al diésel y reducirlo en las gasolinas. Esto ayuda a contener los costos de transporte y logística, pero tiene como contraparte una menor recaudación para las finanzas públicas.

Los bancos centrales a nivel global están reaccionando. La Reserva Federal elevó su tasa en 25 puntos base en su reciente reunión de septiembre y la colocó en un rango de 3.75 a 4.00%. Fue su primer aumento desde julio de 2023. El Banco de Japón llevó la suya a 1.25%, su mayor nivel en 31 años. El Banco Central Europeo también aumentó sus tasas en 25 puntos base el 10 de septiembre, llevando la tasa de depósito a 2.50%. Esto complica las cosas para Banxico. Con las tasas internacionales nuevamente al alza, el petróleo arriba de 100 dólares y el peso perdiendo terreno, no hay condiciones para seguir bajando la tasa en México.

El mercado de bonos estadounidense deja clara la magnitud del cambio. El rendimiento del bono del Tesoro a diez años llegó a 5.205% y el de 30 años a 5.489%, niveles no vistos desde 2007 y 2004, respectivamente. Al mismo tiempo, el dólar recuperó atractivo después del aumento de la Fed. El índice DXY avanzó a 100.990 unidades.

Para México esto importa porque los inversionistas comparan cuánto pueden ganar en cada país y qué riesgo tienen que asumir. Si un bono del Tesoro estadounidense, considerado uno de los activos más seguros del mundo, paga más de 5%, los activos mexicanos tienen que ofrecer un rendimiento suficientemente atractivo para compensar el mayor riesgo. Con la tasa de Banxico en 6.50% y la de la Reserva Federal hasta en 4.00%, el diferencial quedó en 250 puntos base, el menor desde que México adoptó el objetivo puntual de inflación de 3%. Si la Fed realiza otro aumento de 25 puntos base y Banxico mantiene su tasa, bajaría a 225 puntos base. A esto se suma el aumento de tasas en Japón, que encarece el financiamiento en yenes utilizado durante años para operaciones de carry trade.

El cambio ya se observa en el mercado cambiario. El 4 de septiembre el dólar llegó a 16.88 pesos, el mejor nivel para la moneda mexicana desde mayo de 2024, pero terminó esta semana en 17.72 pesos. Esto no puede atribuirse solamente a México. El dólar tuvo su mejor racha de dos semanas en seis meses y el Bloomberg Dollar Spot ganó cerca de 2% en ese periodo, apoyado por el giro restrictivo de la Reserva Federal, los altos rendimientos de los bonos del Tesoro y la fortaleza de la economía estadounidense.

Eso no significa que México enfrente necesariamente una depreciación fuerte del peso. Analistas de Monex, BNP Paribas y Citi coinciden en que la reducción del diferencial, por sí sola, no tendría que provocar una depreciación significativa, aunque sí puede dificultar que el peso regrese a los niveles observados semanas atrás. Mucho dependerá de la credibilidad de la política monetaria de Banxico y del comportamiento de la inflación. El propio banco central incluye una tendencia a la depreciación del peso entre los factores que podrían presionar los precios.

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Una economía débil tampoco aguanta tasas cada vez más altas

Banxico tiene razones internas para no copiar a la Reserva Federal. Su comunicado lo dice con claridad. México y Estados Unidos atraviesan etapas distintas del ciclo económico, en México no existen presiones de demanda y se prevén condiciones de holgura durante el horizonte de pronóstico. Además, persisten riesgos a la baja para la actividad económica.

Esto es relevante porque, con la inflación general dentro del intervalo de variabilidad de Banxico, una tasa de 6.50% sigue siendo elevada para una economía que crece poco. Moody’s estima que el PIB mexicano podría crecer alrededor de 1.5% este año y 1.8% el próximo. Aun con esa revisión al alza, la calificadora advierte que México necesita crecer consistentemente por encima de 2% para facilitar una consolidación fiscal que coloque la deuda en una trayectoria descendente y para cerrar brechas sociales en educación, infraestructura y salud.

Y aquí se presenta otro reto para las finanzas públicas. El Paquete Económico 2027 proyecta que la tasa de interés bajará de 6.5% al cierre de 2026 a 6.0% al terminar 2027. Bajo este escenario, Hacienda estima que el costo financiero de la deuda alcanzará la cifra récord de 1.57 billones de pesos en 2027, lo que ya representa una carga considerable para el presupuesto. Si las tasas permanecen elevadas más tiempo de lo previsto, la colocación de nueva deuda y el refinanciamiento de los vencimientos serán más caros, presionando todavía más las finanzas públicas.

Subir la tasa para seguir a la Fed habría protegido el diferencial financiero, pero también habría encarecido todavía más el crédito dentro de México. Empresas con deuda de corto plazo, proyectos financiados, capital de trabajo o planes de inversión habrían enfrentado un costo adicional. Las familias también lo habrían sentido en créditos personales, tarjetas, automóviles e hipotecas a tasa variable. En una economía con poco crecimiento, no es un costo menor.

Por eso me parece que el Banxico hizo bien en dejar claro que no reaccionará mecánicamente a los movimientos de la Reserva Federal. México tiene que conducir su política monetaria conforme a su propia inflación y a sus propias condiciones económicas. La dificultad está en que ambas cosas están apuntando en direcciones distintas.

La inflación general pasó de 3.10% en la primera quincena de julio a 3.42% en la primera de septiembre, todavía dentro del intervalo de variabilidad de Banxico. La buena noticia está en la subyacente, que bajó de 3.95 a 3.79%, aunque los servicios continúan elevados, con una inflación de 4.33%, frente a 3.22% en mercancías.

La inflación no subyacente aumentó de 1.30 a 2.17% anual, con un alza de 3.67% en energéticos y tarifas autorizadas por el gobierno. En apenas una quincena, el jitomate subió 22.79% y la cebolla 8.61%, mientras la educación primaria aumentó 5.85%. Esto ayuda a explicar por qué una inflación general de 3.42% puede sentirse bastante diferente en el bolsillo de las familias.

Banxico, además, elevó su pronóstico de inflación subyacente de 3.8 a 3.9% para el tercer trimestre y de 3.5 a 3.6% para el cuarto. En contraste, redujo de 3.5 a 3.3% su estimación de inflación general para el tercer trimestre. El dato general luce mejor, pero el componente subyacente muestra mayor persistencia. Banxico mantiene su expectativa de alcanzar la meta de 3% hasta el cuarto trimestre de 2027 y considera que el balance de riesgos para la inflación sigue sesgado al alza.

De hecho, Banxico identifica la persistencia de la inflación subyacente, las disrupciones derivadas de políticas comerciales, el impacto inflacionario de los conflictos geopolíticos, las afectaciones climáticas, las presiones de costos y una posible depreciación del peso. Varios de estos riesgos no dependen de la demanda interna mexicana y por eso son especialmente complicados para la política monetaria. Una tasa alta puede frenar el crédito y el consumo, pero no puede abrir el estrecho de Ormuz ni bajar el precio internacional del petróleo.

Aquí el principal riesgo para México en los próximos meses es que aumenten los costos provenientes del exterior mientras la economía crece poco. Las empresas pueden enfrentar al mismo tiempo financiamiento caro y mayores precios de insumos importados, energía y logística. Para las familias, el crédito seguirá siendo costoso y los aumentos de precios continuarán afectando algunos servicios y productos de consumo cotidiano.

Hay además un problema fiscal que no debe separarse de la discusión monetaria. Moody’s señala que México destinaba alrededor de 10% de sus ingresos al pago de intereses de la deuda en 2023 y que desde 2024 esa proporción aumentó a 17%. Es más del doble de lo que pagan economías con calificaciones comparables como Panamá y Perú, según la calificadora.

Esto reduce el espacio disponible para infraestructura, salud, educación y otras necesidades públicas. También ayuda a entender por qué el bajo crecimiento es un problema que va mucho más allá de una cifra del PIB. Si la economía no consigue crecer sostenidamente por encima de 2%, de acuerdo con Moody’s, estabilizar la deuda y cerrar brechas sociales se vuelve más difícil.

Conclusiones

Banxico enfrenta una decisión complicada. Bajar la tasa puede añadir presión al peso y eventualmente a la inflación, mientras subirla encarecería todavía más el crédito en una economía que crece poco. Mantenerla en 6.50% evita por ahora ambos extremos.

Mi lectura es que esta posición puede mantenerse mientras la depreciación del peso sea ordenada y no se traslade a los precios. Pero si la Reserva Federal continúa subiendo su tasa, el diferencial se reduce y el peso sigue perdiendo terreno, no descartaría que Banxico eventualmente tenga que volver a subir la tasa, aun con una economía débil. No para seguir a la Fed, sino para evitar que una mayor depreciación termine presionando la inflación.

Por ahora, mantener la tasa fue una decisión prudente. Con una inflación general de 3.42%, una subyacente de 3.79%, servicios aumentando 4.33%, petróleo arriba de 100 dólares y un peso que pasó de 16.88 a 17.72 por dólar en veinte días, había razones suficientes para no moverla.

El problema está en lo que viene. México entra a la parte final del año con una tasa de 6.50%, crecimiento acumulado de 1.5%, tasas internacionales al alza, petróleo caro y un menor diferencial frente a Estados Unidos. A esto se agregan unas finanzas públicas construidas bajo el supuesto de que las tasas comenzarán a bajar. Para empresas y familias, esto significa que el crédito seguirá siendo caro y que el tipo de cambio, la energía y algunos precios pueden seguir presionando sus costos y presupuestos.

El escenario cambió respecto al comienzo de 2026. Las tasas volvieron a subir en las principales economías, el petróleo regresó por encima de 100 dólares y el dólar recuperó fuerza. México enfrenta esta situación con bajo crecimiento y una tasa de interés todavía elevada. Por ahora, Banxico tiene pocas razones para bajar la tasa y varias para mantenerla en 6.50%.

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Alejandro Gómez Tamez
Director General de GAEAP
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