México sorprendió en el segundo trimestre, pero para sostener la recuperación necesita más inversión y empleo formal, menor inflación, disciplina fiscal y un sector exportador que mantenga su dinamismo.

En mi editorial del domingo 30 de agosto les decía que entramos a los últimos cuatro meses del año con una acumulación importante de riesgos externos: petróleo caro, inflación persistente en Estados Unidos, tasas de interés elevadas, gobiernos sobreendeudados, mercados financieros apalancados y una economía mundial cada vez más dependiente del enorme ciclo de inversión en inteligencia artificial. Todos esos riesgos siguen ahí. Pero México no llegó a septiembre solamente con amenazas, lo hizo con una economía que acaba de sorprender positivamente y que todavía tiene oportunidad de cerrar 2026 mejor de lo que muchos esperábamos hace apenas unos meses.

El PIB mexicano creció 1.4% durante el segundo trimestre respecto al primero, después de haberse contraído al inicio del año. El resultado fue suficientemente bueno para que el Banco de México elevara hace unos días su expectativa de crecimiento para 2026 de 1.1% a 1.5%. Es una buena noticia, aunque el propio Banxico anticipa una desaceleración durante el tercer trimestre y reconoce que la economía continúa atravesando por un periodo de debilidad. La pregunta, entonces, es bastante sencilla: ¿qué tendría que pasar entre septiembre y diciembre para que México realmente cierre bien el año?

Cinco condiciones para sostener la recuperación

La primera, y para mí la más importante, es que regrese la inversión privada. Podemos tener uno o dos buenos trimestres impulsados por consumo, exportaciones o factores temporales, pero es muy difícil lograr el crecimiento sostenido si las empresas no están comprando maquinaria, ampliando plantas, construyendo nuevas instalaciones y desarrollando proyectos.

En materia de inversión tenemos un problema porque la inversión fija bruta venía de una racha de 19 meses consecutivos con caídas anuales hasta que finalmente regresó a terreno positivo en abril con un crecimiento de 5.3%. En mayo aumentó 2.4% anual y en junio subió 5.9%. Esto parce una buena noticia, pero en el acumulado de los primeros seis meses del año, el balance de la inversión es de un aumento de 0.9%, producto de una caída de 2.2% en maquinaria y equipo, mientras que la construcción observa un aumento de 3.7%. Es decir, comenzamos a ver una recuperación de la inversión, pero la inversión que se traduce en mayor capacidad productiva sigue deprimida.  

A esto hay que agregar el problema de la confianza. Las empresas están haciendo números en medio de la incertidumbre por la revisión del T-MEC, los cambios legales e institucionales que se han dado en México, las dudas sobre la certeza jurídica después de la reforma judicial y un contexto internacional bastante complicado.  El propio Banco de México considera que la incertidumbre alrededor de la relación comercial con Estados Unidos puede mantener débil la inversión. Por eso el reto para el gobierno mexicano durante los próximos meses no debería ser solamente anunciar planes de inversión, sino generar las condiciones para que las empresas que ya están aquí decidan volver a invertir y para que nuevos proyectos efectivamente se materialicen.

A esto se suma la disponibilidad de energía. Para atraer nuevas inversiones no basta con ofrecer certidumbre jurídica y reglas claras; las empresas necesitan tener garantía de que habrá electricidad suficiente, confiable y a precios competitivos. El gobierno ya ha anunciado importantes inversiones en generación, transmisión y distribución, tanto de CFE como en asociación con privados. El reto ahora es que esos proyectos se ejecuten con la debida rapidez para hacer frente al crecimiento de la demanda eléctrica y evitar que la disponibilidad de energía siga siendo un freno para las inversiones.

La segunda condición es evitar que se deteriore el mercado laboral y que eso termine pegándole al consumo. Durante buena parte de los últimos años, el consumo de los hogares ha sido uno de los principales soportes de la economía mexicana. El problema es que hay indicadores que se están deteriorando.

En julio, México alcanzó 34.1 millones de trabajadores informales y la tasa de informalidad subió a 56.2%. Respecto a junio, la ocupación informal aumentó en alrededor de un millón de personas, mientras que la formal disminuyó en más de 300 mil. Y esto no parece ser solamente un mal dato de un mes porque durante el segundo trimestre, 82.5% del aumento anual de la población ocupada se dio en la informalidad. Es decir, sí aumentó el empleo, pero la enorme mayoría de ese incremento se dio fuera de la formalidad.

Esto explica cómo podemos tener una tasa de desempleo muy baja y, al mismo tiempo, un mercado laboral de baja calidad. Cuando una familia no tiene ahorros suficientes ni seguro de desempleo, muchas veces la alternativa es trabajar en lo que haya.

Para cerrar bien el año necesitamos que vuelva a crecer el empleo formal. Si se debilita la creación de puestos de trabajo, también se debilitan los ingresos de los hogares y el consumo. El propio Banco de México reconoce que el mercado laboral sigue mostrando debilidad, con tasas de participación y ocupación todavía bajas.

La tercera condición es que continúe bajando la inflación, especialmente la subyacente. En este frente el INEGI nos dice que ha habido una importante mejoría. La inflación general se ubicó en 3.26% anual durante la primera quincena de agosto, después de haber cerrado julio en 3.12%. Sin embargo, parte de esta mejoría obedece al comportamiento de la inflación no subyacente, que incluye productos agropecuarios y energéticos y que suele ser mucho más volátil. Por eso no podemos asumir que el problema inflacionario está resuelto.

Pero hay un dato reciente de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, la FAO, que vale la pena considerar. Los precios mundiales de los alimentos aumentaron 1.9% solamente en agosto y 2.5% respecto al mismo mes del año pasado, con fuertes aumentos en productos como azúcar, trigo y maíz. Todavía falta ver cuánto de esto termina trasladándose a los precios en México, pero es un riesgo que habrá que vigilar durante los próximos meses.

La inflación subyacente se ubicó en 3.93% anual y ésa es probablemente la cifra que debemos seguir con mayor atención durante los próximos meses porque refleja mejor la tendencia de los precios. De hecho, la encuesta de expectativas de Citi del 20 de agosto muestra que el promedio de los analistas espera que la inflación general cierre 2026 en 3.96% y la subyacente en 4.05%. Para 2027 esperan 3.82% y 3.81%, respectivamente. Es decir, el consenso sigue viendo una inflación cercana a 4% durante un periodo considerable.

Banxico, por su parte, mantiene la expectativa de que la inflación general se ubique alrededor de 3.5% durante el cuarto trimestre y converja hacia 3% durante 2027. Por ahora, la tasa de referencia permanece en 6.50%. Lo que necesitamos es que la inflación subyacente finalmente muestre una tendencia clara a la baja, porque eso le daría mayor margen a Banxico para reducir el costo del dinero sin poner en riesgo la estabilidad de precios.

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La cuarta condición es presentar una ruta fiscal creíble para los próximos años, y la primera gran prueba llegará muy pronto. El próximo 8 de septiembre, la Secretaría de Hacienda deberá entregar al Congreso el Paquete Económico 2027. No será un trámite presupuestal más. Los mercados y las calificadoras estarán atentos a las estimaciones de crecimiento, ingresos, gasto, deuda y, sobre todo, a la trayectoria que plantee el gobierno para reducir el déficit.

Hacienda se ha propuesto disminuir los Requerimientos Financieros del Sector Público (RFSP) de 5.8% del PIB en 2024 a 4.3% en 2025, 4.1% este año y 3.5% en 2027. El problema es que cada vez resulta más difícil conseguirlo. Al cierre de julio, los ingresos presupuestarios estaban 170 mil 306 millones de pesos por debajo de lo programado, mientras que el gasto registraba un subejercicio de 438 mil 703 millones. Es decir, parte del ajuste se está logrando disminuyendo el gasto, pero seguir recortando, especialmente la inversión pública, acabará perjudicando el crecimiento.

México necesita reducir el déficit y estabilizar la deuda, pero también necesita crecer. Un ajuste basado principalmente en recortar inversión puede mejorar las cuentas públicas en el corto plazo, pero debilitar la capacidad productiva y la recaudación futura. Por eso será especialmente importante revisar qué crecimiento proyecta Hacienda para 2027. En los Precriterios estimó un rango de 1.9% a 2.9%, mientras que el consenso de analistas de Citi está en 1.75% y HR Ratings alrededor de 1.35%. Si el presupuesto parte de supuestos demasiado optimistas, también pueden terminar sobreestimándose los ingresos.

Todo esto importa porque México necesita mantener su grado de inversión. Las calificadoras han señalado entre sus preocupaciones el bajo crecimiento, la trayectoria fiscal y los apoyos a Pemex. A esto debemos agregar que el costo financiero de la deuda pública para 2026 ronda 1.57 billones de pesos. Conforme aumenta el dinero destinado a pagar intereses, disminuyen los recursos para infraestructura, salud, educación, seguridad y otras necesidades.

A esto hay que agregar otras dos presiones fiscales de largo plazo: Pemex y las pensiones. Pemex necesita recuperar rentabilidad, reducir su dependencia del apoyo del gobierno y tener capacidad para pagar sus obligaciones y proveedores. El sistema de pensiones, por su parte, absorbe una proporción cada vez mayor del presupuesto y seguirá creciendo durante los próximos años.

Por eso el Paquete Económico 2027 tendrá que reducir el déficit sin sacrificar todavía más la inversión pública, utilizar supuestos económicos realistas y presentar una trayectoria convincente para estabilizar la deuda. Pero la solución de fondo vuelve a conectarnos con el primer punto de este editorial. México necesita recuperar la inversión y crecer más. Una economía que crece poco difícilmente puede resolver sus problemas fiscales solamente mediante recortes al gasto.

Y la quinta condición es que Estados Unidos siga comprándonos. Éste ha sido probablemente el principal amortiguador de la economía mexicana durante 2026 y los números son impresionantes.

Las exportaciones totales de México alcanzaron 389,723 millones de dólares durante el primer semestre, un aumento anual de 24.6%. Las exportaciones manufactureras crecieron 25.8% y las manufactureras no automotrices se dispararon 37.6%, impulsadas en buena medida por la demanda de productos electrónicos y equipo para procesamiento de datos vinculados con el boom tecnológico estadounidense.

Visto desde las estadísticas estadounidenses, México exportó 298,157 millones de dólares a Estados Unidos entre enero y junio, 13% más que un año antes, y se consolidó como su principal proveedor. México representó alrededor de 17.1% de las importaciones estadounidenses de bienes durante el periodo. Son cifras extraordinarias y ayudan a entender por qué nuestra economía ha aguantado a pesar de la debilidad que observamos en algunas actividades internas.

El problema es que una parte importante de la fortaleza mexicana está viniendo de fuera, no de dentro. Mientras la inversión privada apenas comienza a recuperarse y las condiciones de empleo se deterioran, las exportaciones están creciendo a tasas extraordinarias. Eso significa que necesitamos que la economía estadounidense mantenga el dinamismo y su demanda, especialmente en manufacturas no automotrices y productos vinculados con tecnología.

El verdadero reto: convertir el rebote en crecimiento

El segundo trimestre resultó mucho mejor de lo esperado. El crecimiento de 1.4% trimestral permitió recuperar la caída del primer trimestre y llevó a Banxico a elevar de 1.1% a 1.5% su expectativa de crecimiento para todo 2026, con un intervalo de entre 1.0% y 2.0%. Eso cambia el tono con el que llegamos a septiembre, pero no resuelve los problemas estructurales que seguimos padeciendo.

La diferencia entre cerrar bien el año y simplemente haber tenido un buen segundo trimestre dependerá de qué ocurra con estos cinco frentes. Necesitamos inversión privada creciendo de manera clara, empleos formales que sostengan el consumo, inflación subyacente descendiendo, una señal convincente de disciplina fiscal y exportaciones que mantengan buena parte del extraordinario dinamismo observado durante el primer semestre. Algunos de estos factores dependen de nosotros y otros, especialmente el último, dependen en buena medida de lo que ocurra en Estados Unidos.

México tiene la oportunidad de cerrar 2026 mejor de lo que se esperaba hace algunos meses, pero buena parte de la tarea sigue pendiente. Los próximos cuatro meses nos dirán si el rebote del segundo trimestre fue el comienzo de una recuperación o simplemente un buen trimestre dentro de una economía que sigue creciendo muy por debajo de lo que necesita.

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Alejandro Gómez Tamez*

Director General GAEAP*

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