La crisis financiera de Pemex no es ni un imprevisto ni un problema pasajero; es el resultado de años de corrupción, malas administraciones y un modelo económico que, en tiempos recientes, ha priorizado la inyección de recursos públicos en una empresa con una estructura ineficiente y operaciones incapaces de sostenerse sin transferencias gubernamentales.
Hace unos días se dio a conocer que en 2024 la petrolera estatal registró pérdidas de 620,605 millones de pesos, que la empresa explicó por el incremento en costos de ventas, la volatilidad en el tipo de cambio y la disminución de la producción de hidrocarburos líquidos por el declive natural de algunos de sus campos.
Esto ubica a Pemex en una tormenta perfecta: costos crecientes, producción a la baja, ineptitud directiva, corrupción y una deuda que compromete su viabilidad a largo plazo, lo que inclusive podría arrastrar la calificación de la deuda soberana de México hacía abajo. La pregunta que debemos hacernos es si Pemex es realmente rescatable o si estamos ante un caso perdido que amenaza con empujar las finanzas públicas mexicanas al abismo.

Hay que recordar que el 4 de febrero de 2020 el presidente López Obrador presumía haber salvado a Pemex del fracaso y de la bancarrota. Durante todo su sexenio, tanto él como el incompetente y mentiroso de Octavio Romero Oropeza, aseguraban que iban a lograr la soberanía energética con dejar de importar gasolinas, cuando en realidad, ambos hundieron más a la petrolera.
Cinco años después, con lo que queda de Pemex, se enfrenta al reto mayúsculo de entrarle a las energías limpias y la caída en la producción a niveles de hasta 1.1 millones de barriles diarios, cuando en diciembre de 2023 superaba los 1.8 millones de barriles por día.
La presidenta Sheinbaum recibió una empresa zombie que con el menor de los malestares terminará por desplomarse y, si a eso le agregamos que se mantiene la ideología izquierdista y arcaica de defender la soberanía de Petróleos Mexicanos y con ello maniatar la inversión privada, pues se acotan los márgenes de maniobra para intentar un rescate mayor.

El colapso financiero de Pemex: una crónica anunciada
Petróleos Mexicanos se ha convertido en la petrolera más endeudada del mundo, acumulando pasivos que superan los 97,600 millones de dólares (10.3% menos respecto a 2023). A pesar de que el gobierno de Andrés Manuel López Obrador canalizó más de 1.2 billones de pesos para su rescate, la realidad es que estos esfuerzos no lograron frenar la espiral de deterioro financiero. Las pérdidas de 2024 no solo contrastan con las ganancias de 8,151 millones de pesos en 2023, sino que representan el peor resultado desde 2020, cuando la crisis del COVID-19 golpeó a la industria energética global y PEMEX perdió 448,200 millones de pesos.
La caída de la producción es otro factor alarmante. En el cuarto trimestre de 2024, Pemex produjo 1.67 millones de barriles diarios, una reducción del 10.02% respecto al año anterior. La declinación natural de los campos marinos y terrestres, así como retrasos en la terminación de pozos, han reducido la capacidad operativa de la empresa, que cada vez depende más del apoyo gubernamental para mantenerse a flote. La situación es aún más grave si consideramos que el déficit fiscal del país ha venido aumentando (llegó a 5.9% del PIB en 2024 y se proyecta en 3.9% del PIB en 2025), lo que deja poco margen de maniobra para nuevos rescates financieros en un contexto de una economía en franca desaceleración. Para ponerlo en pesos, al final de 2018, López Obrador recibió de Peña Nieto un déficit fiscal de 640,412 millones de pesos y, al final de su sexenio, en 2024, le entregó a su sucesora un déficit con un monto nunca antes registrado de casi 2 billones de pesos. El sexenio de López Obrador fue el que más endeudó al país y con ello deja al gobierno de Claudia Sheinbaum atada de manos.
Sin embargo, en el Presupuesto de Egresos 2025, el gobierno federal contempla seguir apoyando a Pemex con aportaciones de 136 mil millones de pesos. Es altamente probable que esta cifra termine siendo más elevada dada la delicada situación de la empresa y su disfuncional relación con proveedores.
El panorama para Pemex se complica aún más con la depreciación del peso frente al dólar y el incremento de costos operativos. Estos factores han incidido en la falta de rentabilidad de la empresa, que cada trimestre ve cómo sus pérdidas aumentan de manera alarmante. El alto costo de los instrumentos financieros, la pérdida cambiaria y el deterioro de activos fijos han llevado a que la empresa registre números rojos de manera constante, sin una solución clara en el horizonte.
La bomba de tiempo de la deuda y los proveedores en crisis
Uno de los aspectos más preocupantes de la crisis de Pemex es su impacto en la cadena productiva. La empresa adeuda alrededor de 400,000 millones de pesos a sus proveedores, lo que ha generado una crisis de liquidez para cientos de micro, pequeñas y medianas empresas que dependen de estos pagos. Sin acceso a crédito y con una banca de desarrollo que ha sido incapaz de responder a sus necesidades, muchas de estas compañías enfrentan la insolvencia.
El problema no es solo financiero; también es una cuestión de confianza en la gestión de la petrolera. Calificadoras internacionales han advertido que la viabilidad de Pemex dependerá de los apoyos gubernamentales, lo que a su vez pone en riesgo la calificación soberana de México. Si el gobierno sigue destinando recursos a la empresa sin exigir una reestructura seria y profunda, el país podría enfrentar un escenario en el que sus propias finanzas públicas queden comprometidas.
El endeudamiento de Pemex no solo afecta sus operaciones internas, sino que también impacta en la inversión y el crecimiento económico del país. La incertidumbre en torno a la empresa y su futuro ha generado un clima de desconfianza entre algunos inversionistas internacionales, quienes ven en la petrolera un activo riesgoso que podría colapsar en cualquier momento. La falta de transparencia y la ausencia de un plan de negocios convincente han agravado aún más la situación.

¿Vale la pena seguir rescatando a Pemex?
Desde la reforma energética de 2013, Pemex ha recibido más de 2.3 billones de pesos en apoyos fiscales y financieros. Estos recursos han sido utilizados para reducir la carga tributaria de la empresa, hacer aportaciones patrimoniales y financiar proyectos que, hasta ahora, evidentemente no han dado los resultados esperados. Como se mencionó líneas arriba, los problemas estructurales de la empresa siguen sin resolverse: una gobernanza deficiente, falta de transparencia en el uso de los recursos y una estrategia de negocios que no responde a los cambios del mercado energético global.
México enfrenta retos monumentales en materia de transición energética. Se estima que el país necesitará 15,000 millones de dólares para cumplir con sus objetivos en este sector hacia 2030. En lugar de seguir apostando por una petrolera en crisis, el gobierno debería redirigir estos recursos hacia proyectos de energías renovables y tecnologías limpias que garanticen un futuro sostenible.
El impacto ambiental de seguir subsidiando una industria petrolera en declive también debe ser considerado. Mientras países desarrollados están avanzando hacia la reducción del uso de combustibles fósiles y el desarrollo de energías limpias, México sigue invirtiendo en una empresa que representa una de las mayores fuentes de contaminación. La dependencia del petróleo está condenada a reducirse en el largo plazo, y Pemex no parece tener la capacidad de reinventarse para enfrentar este desafío.
Conclusión: ¿Hacia dónde vamos?
La administración de Claudia Sheinbaum enfrenta una disyuntiva crucial: seguir inyectando recursos en un Pemex que opera como un barril sin fondo o tomar decisiones valientes que permitan al país diversificar su matriz energética y fortalecer sus finanzas públicas. Si la solución sigue siendo financiar a Pemex con más deuda pública, México se encamina a un colapso financiero que afectará no solo a la empresa, sino a toda la economía nacional.
La realidad es que Pemex, lejos de ser un activo estratégico, se ha convertido en un lastre económico. Insistir en su rescate sin una transformación estructural es seguir apostando al fracaso. El país necesita una política energética moderna, sustentable y financieramente responsable. El tiempo se agota, y la pregunta ya no es si Pemex puede salvarse, sino si vale la pena seguir intentándolo. Si no se toman medidas urgentes, la empresa seguirá siendo un obstáculo para el desarrollo económico de México, hipotecando el futuro de las próximas generaciones.
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Alejandro Gómez Tamez*
Director General GAEAP*
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Hola mi estimado amigo muy buena reflexión, que terquedad de seguir tirando el dinero. Es una irresponsabilidad que se este hipotecando el futuro de nuestro México, por no reconocer que se equivocaron y que ha sido un fiasco de AMLO y todo su séquito de 99 % de lealtad 1% de conocimiento. Espero y no sea demasiado tarde