El ajuste simultáneo de las finanzas públicas, los hogares y el ingreso externo
El arranque de 2026 encuentra a la economía mexicana en una zona complicada. Las cifras que acompañan el cierre de 2025 muestran una economía que continúa acumulando desequilibrios que ya no son coyunturales y con señales claras de desgaste en los hogares, en los pequeños negocios y en los principales amortiguadores sociales que sostuvieron el consumo en los últimos años.
El problema no es un solo indicador. Es la coincidencia de varios frentes que se tensan al mismo tiempo.
En una década, la deuda pública por habitante prácticamente se duplicó. En noviembre de 2025 alcanzó 137 mil 475 pesos por persona, frente a los poco más de 68 mil pesos registrados en 2015. El saldo histórico de los requerimientos financieros del sector público ya supera los 18.2 billones de pesos, el nivel más alto del que se tenga registro. Tan sólo en los primeros once meses de 2025, las obligaciones del gobierno federal crecieron en más de 1.23 billones de pesos, lo que equivale a un aumento diario cercano a 3 mil 370 millones de pesos.

Hacienda subraya que la deuda se mantiene estable como proporción del PIB y dentro de una trayectoria sostenible, pero ese argumento convive con una realidad preocupante. El crecimiento económico esperado para 2025 fue menor al previsto y el avance del PIB será de apenas 0.4 por ciento. Con una economía que crece tan poco, cualquier expansión del endeudamiento se vuelve más pesada, incluso si el porcentaje del PIB no se dispara. La deuda no solo importa por su tamaño, sino por la capacidad real de una economía para cargarla sin sacrificar consumo, inversión o gasto productivo.
Esa presión fiscal se filtra hacia abajo. Las familias mexicanas llegaron al cierre del año con un mayor uso del crédito para sostener el consumo, y los datos del Banco de México confirman que ese esfuerzo ya está cobrando factura. La cartera vencida de los créditos al consumo volvió a romper récord y superó los 55 mil 900 millones de pesos en noviembre de 2025, con un crecimiento real de 17.1 por ciento respecto al mismo mes del año anterior. Nunca antes se había registrado un nivel nominal de impago tan alto en este segmento.
El fenómeno no es homogéneo. Los créditos personales concentran el mayor deterioro, con un aumento real cercano al 50 por ciento en su saldo vencido. Las tarjetas de crédito y los préstamos de nómina también muestran repuntes, aunque más moderados. El patrón es claro. El consumo de fin de año se sostuvo con mayor apalancamiento y el ajuste llegó apenas iniciado el calendario. La llamada cuesta de enero ya no es solo una percepción, es una carga financiera medible.
El problema es que esta cuesta se adelantó. Para los pequeños negocios, el golpe comenzó incluso antes de que terminara 2025. La Alianza Nacional de Pequeños Comerciantes (ANPEC) advirtió que la combinación de aumentos fiscales, mayores costos de energía y transporte, incremento del salario mínimo y presión por parte de grupos criminales está generando una cascada de aumentos de precios que muchos comercios no podrán absorber. El ajuste del IEPS, que usualmente se percibía de forma marginal, se concentró esta vez con otros factores y provocó incrementos abruptos en productos de consumo cotidiano.
Cigarros, bebidas saborizadas, tortillas, pan, lácteos y embutidos ya registran alzas. No se trata de decisiones aisladas, sino de la transmisión directa de mayores costos de producción. El mercado reacciona como puede. Si los precios no suben, el riesgo es el desabasto; si suben, el consumo se resiente. En ese equilibrio frágil, restaurantes, fonditas y pequeños comercios enfrentan un margen cada vez más estrecho. A todo ello se suma la incertidumbre por la revisión del T-MEC, que comienza a pesar incluso sobre las decisiones del mercado interno.
El cuarto frente es quizás el más silencioso, pero no por ello menos relevante. Las remesas, uno de los pilares del consumo en amplias regiones del país, acumulan ya ocho meses consecutivos de desaceleración. En noviembre cayeron 5.7 por ciento anual, la contracción más profunda desde 2009. Entre enero y noviembre, el monto acumulado fue 5.1 por ciento menor al del mismo periodo del año anterior, ubicándose en su nivel más bajo en tres años.
El enfriamiento responde a un menor dinamismo laboral de los migrantes mexicanos en Estados Unidos, pero también a cambios estructurales. A partir de 2026 entra en vigor un impuesto de uno por ciento a las remesas enviadas en efectivo, money orders y cheques de caja desde Estados Unidos. Aunque la mayoría de los migrantes bancarizados podría evitar el gravamen, el impacto no es menor. BBVA estima que los connacionales podrían pagar cerca de 3 mil millones de dólares entre 2026 y 2034 por este concepto. Además, es probable que una parte de los envíos se haya adelantado a finales de 2025, lo que anticipa una mayor debilidad en los primeros meses de este año.
Menos remesas, mayor endeudamiento público, hogares más apalancados y pequeños negocios bajo presión no configuran una crisis inmediata, pero sí un escenario de desgaste que limita el margen de maniobra hacia adelante. Es una economía que resiste, pero que lo hace a costa de consumir colchones. El riesgo no está en el corto plazo, sino en la acumulación de tensiones que limitan la capacidad de reacción hacia adelante.
2026 inicia así, con una economía que no se desborda, pero que tampoco encuentra impulso. Con estabilidad macro, pero con fragilidad micro. Con cuentas públicas defendibles, pero con márgenes sociales cada vez más estrechos. Entender esta combinación será clave para anticipar decisiones, ajustar estrategias y no confundir resistencia con fortaleza.
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Alejandro Gómez Tamez*
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