El sistema financiero global en el que vivimos aparenta estabilidad ante la mayoría, pero en realidad se sostiene sobre fundamentos cada vez más frágiles, expuesto a riesgos sistémicos que pocos perciben.  En apariencia, los mercados siguen funcionando, las monedas se intercambian, las bolsas suben y bajan, y los bancos operan como de costumbre. Pero tras esa normalidad aparente, se esconde una estructura de deuda tan monumental que su sola dimensión debería provocar escalofríos.

Egon von Greyerz —inversor suizo, fundador de Matterhorn Asset Management y uno de los analistas más lúcidos y coherentes de las últimas décadas— advierte que los pasivos financieros globales (es decir, derivados, obligaciones no fondeadas, deuda soberana, bancaria y corporativa) ya suman más de 2,500 billones de dólares (en el sistema numérico en español, esto equivale a 2,500,000,000,000,000 dólares). Una cifra tan colosal que resulta casi imposible de procesar mentalmente. Para ilustrarlo, von Greyerz recurre a una comparación contundente: todo el oro que resguardan los bancos centrales del mundo tiene un valor de apenas 4 billones de dólares. En otras palabras, esa gigantesca pirámide de deuda está sostenida por una base de oro que representa solo el 0.15% del total.

Esta desproporción no es simplemente preocupante: es estructuralmente insostenible. Ningún sistema financiero en la historia ha sobrevivido con semejante nivel de apalancamiento y sin un respaldo real. Y como la historia se encarga de recordarnos una y otra vez, todo régimen monetario basado en deuda termina colapsando. La única incógnita es cuándo.

El problema, sin embargo, no es nuevo. Desde hace décadas, el crecimiento de la deuda ha sido la única vía con la que gobiernos, bancos centrales y grandes corporaciones han logrado sostener el modelo económico global. La expansión crediticia ha reemplazado al crecimiento real. Las burbujas financieras han reemplazado a la productividad. Y la impresión de dinero ha reemplazado a la disciplina fiscal. Hoy, la deuda global crece a un ritmo exponencial y los balances de la mayoría de los bancos centrales siguen inflándose, sin que exista un plan realista para revertir esa tendencia.

Tan solo en Estados Unidos, la deuda federal se acerca a los 37 billones de dólares, y se incrementa a razón de 2 billones anuales, una cifra que podría aumentar aún más con el nuevo paquete legislativo impulsado por el presidente Donald Trump, conocido popularmente como el “One Big Beautiful Bill”. Lejos de ser una solución, este proyecto podría agravar la situación al transferir aún más recursos hacia los estratos más ricos de la sociedad, profundizando la desigualdad y debilitando aún más la sostenibilidad social del sistema.

Von Greyerz advierte que esta situación es un campo fértil para la inestabilidad política y la ruptura del orden social. Cuando las élites financieras concentran cada vez más riqueza gracias a un modelo basado en deuda y emisión monetaria, mientras que la mayoría de la población ve erosionado su poder adquisitivo, el resultado es inevitable: descontento, polarización, y eventualmente, revueltas. Las revoluciones que hemos visto a lo largo de la historia han nacido precisamente en contextos como el actual.

Pero el problema no es exclusivo de Estados Unidos. Europa, Japón, China, América Latina… todos enfrentan desequilibrios similares. En todos los rincones del planeta, los gobiernos recurren a las mismas recetas que consisten en expandir el crédito, monetizar el déficit, y confiar en que la inflación no se descontrole y en que los mercados no pierdan la fe en la moneda. Es una apuesta peligrosa. Y como lo demuestra la historia, no se puede resolver un problema de deuda generando más deuda. Es una trampa sin salida.

Frente a este escenario, surge inevitablemente la pregunta: ¿qué ocurrirá con los activos que tradicionalmente han servido como refugio? La respuesta más evidente es el oro. Actualmente cotizando por encima de los 3,300 dólares por onza, el oro ha comenzado a reflejar —aunque de forma moderada— las tensiones del sistema. Pero según Egon von Greyerz, esta revalorización apenas está comenzando. En su visión, el oro deberá ajustarse significativamente al alza para reflejar el verdadero tamaño del riesgo monetario y financiero global. No se trata de un capricho de mercado, sino de una necesidad estructural de reequilibrio.

Y es que el oro tiene características que ningún activo digital, financiero o fiduciario puede replicar. Es físico, tangible, finito y no depende de la voluntad de ningún banco central. No se puede imprimir, no se puede defaultar, no se puede manipular con una hoja de Excel. Por eso, el oro representa la forma más honesta de preservar valor. Siempre lo ha sido, y en momentos de crisis sistémica, su relevancia se multiplica.

La recomendación de von Greyerz es directa y contundente: si tienes ahorros, compra oro físico y plata física. Guárdalos en un lugar seguro. Y si tus activos son significativos, considera resguardarlos fuera del país donde resides, en una jurisdicción sólida, estable y con reglas claras. Porque cuando la crisis llegue —y llegará—, escapar hacia tu oro puede ser la diferencia entre conservar tu patrimonio o perderlo todo.

Pero hay un punto fundamental que no puede pasarse por alto y consiste en que el oro debe estar bajo tu control directo. Nada de ETFs, nada de certificados bancarios, nada de oro “en papel”. Se trata de tener el metal en físico, fuera del sistema financiero, sin riesgo de contraparte. Porque cuando el sistema colapsa, los contratos pierden validez, las promesas se evaporan, y lo único que vale es lo que puedes sostener en tus propias manos.

Este artículo no busca alarmar, pero sí sacudir la complacencia. El modelo actual basado en deuda está agotado. El castillo de naipes se sostiene solo gracias a la inercia y a la ilusión colectiva de que las cosas marchan relativamente bien. Pero las cifras del grado de apalancamiento no mienten. Y la historia tampoco.

En un mundo en el que las deudas equivalen a 625 veces el valor del oro que pretende respaldarlas, no estamos ante una simple corrección pendiente. Estamos frente a la posibilidad de un ajuste inevitable de proporciones históricas.

El tiempo para prepararse no es cuando todo colapse. Es antes.

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Alejandro Gómez Tamez*

Director General GAEAP*

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