La inteligencia artificial dejó de ser una promesa futurista para convertirse en una realidad cotidiana. Hoy usamos algoritmos para trabajar, informarnos, entretenernos e incluso conversar, mientras las máquinas aprenden a ver, escuchar, leer y anticipar lo que queremos. Pero más allá de la eficiencia y la novedad tecnológica que esto representa, estamos presenciando una nueva guerra fría en la que Estados Unidos y China compiten por controlar las tecnologías y los recursos que definirán la economía y el poder global en las próximas décadas.
El análisis que a continuación se presenta surge a partir de dos fuentes recientes: por un lado, el episodio Thinking With Machines del podcast de The Wall Street Journal, subido el 4 de diciembre, donde el profesor Vasant Dhar reflexiona sobre el papel de la IA en la vida humana y el futuro del trabajo; y, por otro, el artículo «USA Or China: Goldman Breaks Down Who Will Win The AI War» publicado el 5 de diciembre en ZeroHedge, que expone el trasfondo geopolítico de la carrera tecnológica entre Washington y Pekín. Ambas piezas, vistas en conjunto, muestran la disrupción que la IA está provocando en la sociedad, así como el tablero estratégico global que se está reconfigurando aceleradamente ante nuestros ojos.

Pensar con máquinas: la nueva condición humana en la era de la IA
El profesor Vasant Dhar hace un recorrido histórico interesante: primero fueron los sistemas expertos, diseñados para problemas acotados; luego llegó el aprendizaje automático, que aprovechó la explosión de datos para mejorar la predicción; después irrumpió el deep learning, que permitió que las máquinas “percibieran” el mundo: ver imágenes, escuchar audio, leer textos. El salto más reciente es el de los modelos de inteligencia general, capaces de saber “un poco de todo” y operar sin distinguir si lo que producen es conocimiento especializado o sentido común.
Ahí radica la verdadera magnitud del cambio porque la frontera entre expertise y sentido común ha desaparecido. Al entrenarse con el lenguaje humano, los modelos de IA aprendieron no solo a completar frases, sino a entender relaciones, contextos y patrones de significado. Para funcionar bien como sistemas de “predicción de texto”, tuvieron que aprender sobre el mundo. El resultado es que hoy es posible preguntarle a una máquina tanto por un tema técnico como por algo cotidiano, sin que la máquina sepa diferenciar uno del otro.
Aquí surge el señalamiento más delicado de Dhar: estas IA no están diseñadas para decir la verdad, sino para ser coherentes. Su objetivo es producir salidas que “tengan sentido”, no necesariamente que sean verificables. La verdad entra en juego después, cuando los programadores entran a corregir, afinar y tratar de reducir errores. Por eso no debería sorprender que las IAs alucinen o “se inventen cosas” ya que desde la perspectiva de la máquina, todo es una generación probabilística de texto que suena plausible.

La discusión no es solo técnica, sino social. Dhar advierte una posible bifurcación de la humanidad. De un lado, quienes usan la IA como amplificador: personas capaces de hacer mejores preguntas, evaluar respuestas, integrar nueva información y moverse a otros campos apoyándose en estas herramientas. Del otro, quienes la usan como muleta: usuarios que dejan de ejercitar su propio juicio y delegan todo en el algoritmo.

En el terreno económico, esa brecha terminará presionando al mercado laboral. La tecnología no es neutral, sino que eleva los estándares. Profesiones como las finanzas, la medicina o el periodismo verán cómo las máquinas alcanzan —o superan— al promedio humano en ciertas tareas, desde la predicción en mercados hasta la interpretación de grandes bases de datos médicos. El empleo no desaparecerá de golpe, pero se irá transformando. El punto es que los mediocres corren el riesgo de ser sustituidos, mientras que los mejores pueden volverse superproductivos.
Dhar también señala que esta revolución tiene un componente filosófico y político, pues vivimos una crisis de verdad y de confianza en instituciones, expertos y gobiernos. Entonces, la IA se inserta ahí con una doble cara. Por un lado, puede agravar la confusión si se usa sin controles, replicando sesgos, desinformación o manipulaciones. Por otro, puede contribuir a entender y exponer cómo funcionan las instituciones por dentro, analizar decisiones públicas y hacer más transparente el funcionamiento de gobiernos y democracias, siempre que exista una gobernanza clara sobre quién controla las máquinas y con qué límites.
Esa gobernanza pasa por tres ejes:
– Restricciones: decidir en qué ámbitos no queremos máquinas con poder directo (por ejemplo, un robot que arreste contribuyentes en su casa por temas fiscales).
– Obligaciones: definir si los sistemas que interactúan con personas, sobre todo en temas sensibles como salud mental, deben tener un “deber de cuidado” parecido al de un profesional humano.
– Derechos y agencia de las máquinas: fijar hasta dónde pueden operar de manera autónoma en la economía y la sociedad, por ejemplo, si pueden firmar contratos o dirigir empresas como entidades con derechos análogos a los de una corporación.
En el fondo, la tesis de Dhar es que no hay manera de evitar este futuro. Vamos a vivir con IA, la cuestión es en qué términos. Y esa respuesta no será solo individual, sino que vendrá condicionada por cómo los Estados usen la IA para competir, controlar o impulsar a sus sociedades. Ahí entra la rivalidad entre Estados Unidos y China.
Estados Unidos vs China: el frente geopolítico de la inteligencia artificial
Según el análisis de Goldman Sachs, la disputa económica entre Estados Unidos y China está en pausa, pero no resuelta. La batalla de fondo por la supremacía tecnológica sigue intacta y el objetivo no es un acuerdo comercial permanente, sino dominar las tecnologías que marcarán los años treinta de este siglo: chatbots de IA, chips avanzados, drones, robots humanoides, vehículos eléctricos, tecnologías limpias, satélites, cohetes reutilizables, armas hipersónicas, nuevas formas de generación eléctrica y, sobre todo, los minerales críticos que hacen posible todo lo anterior.

Las declaraciones del representante comercial de EE.UU. (USTR por sus siglas en inglés), Jamieson Greer, son reveladoras. Washington busca, en este momento, estabilidad comercial, que China compre bienes como aviones, químicos, dispositivos médicos y productos agrícolas, mientras Estados Unidos limita el intercambio en tecnologías sensibles como software y semiconductores. La tregua es práctica, ya que le sirve a los dos países, pero la competencia de fondo sigue intacta; es un respiro para ordenar la casa, avanzar en la reindustrialización y asegurar insumos clave como los minerales críticos.

Mark Kennedy, especialista en competencia estratégica, propone una forma útil de leer esta carrera, no como un duelo simple con un ganador y un perdedor, sino como una disputa en cuatro frentes: innovación, aplicación práctica, infraestructura e independencia tecnológica.
En innovación y frontera tecnológica, la balanza sigue inclinándose hacia Estados Unidos. El país lidera en semiconductores, marcos de IA, infraestructura de nube, cómputo cuántico y atracción de talento global. Esa es la capa “cerebral” del sistema: donde se escriben los algoritmos, se diseñan los chips de última generación y se desarrollan los modelos más avanzados.

China, en cambio, destaca en tres dimensiones que no son menores: primero, la aplicación práctica a gran escala, con despliegues masivos de robótica industrial, drones, taxis autónomos y vehículos de despegue vertical, en un entorno regulatorio que facilita experimentar en el mundo físico; segundo, la instalación de la “plomería digital” en el sur global, donde ha construido redes e infraestructura que la colocan por delante de EE.UU. en presencia tecnológica; y tercero, la autosuficiencia tecnológica, mediante una estrategia explícita para reducir su dependencia de Occidente, restringir el uso de chips extranjeros y subsidiar alternativas domésticas, al tiempo que mantiene una capacidad de sobreproducción en baterías y minerales que aumenta la dependencia occidental de sus cadenas de suministro.

En los minerales críticos y su refinación, la ventaja es claramente para China, mientras Estados Unidos intenta ponerse al día. En cambio, en semiconductores avanzados y ciertos segmentos de IA, Estados Unidos conserva la delantera. El resultado es un mundo cada vez más bifurcado teniendo a Estados Unidos como cerebro del sistema en innovación, software, modelos de frontera, mientras que China es el músculo manufacturero e instalador de infraestructura y tecnología física a escala planetaria.

La tregua comercial actual, en palabras de Greer, evita un “conflicto económico total”, pero no desactiva la competencia estructural. Washington busca que China le compre productos no sensibles y, al mismo tiempo, reconstruir su base industrial y sus capacidades en minerales críticos. Pekín, por su lado, aprovecha su impulso en baterías, comunicaciones cuánticas, hipersónicos y manufactura robotizada para reducir vulnerabilidades y consolidar su papel como proveedor de infraestructura y tecnología aplicada en el mundo en desarrollo.
En este contexto, la inteligencia artificial no es solo una industria más, sino el núcleo coordinador de todas las demás. La potencia que domine los marcos de IA, los chips y la infraestructura digital tendrá una ventaja decisiva para organizar cadenas de suministro, optimizar procesos productivos, gestionar datos estratégicos y proyectar poder económico y militar.

Conclusiones: un mundo partido por la IA
La visión de Vasant Dhar y el diagnóstico geopolítico recogido por Goldman Sachs coinciden en un punto central: la inteligencia artificial no solo transformará empresas y profesiones, sino que reconfigurará la distribución global del poder. A nivel individual, marcará la línea entre quienes se vuelvan más capaces al pensar con máquinas y quienes queden rezagados por depender acríticamente de ellas. A nivel gubernamental, definirá qué naciones imponen estándares, controlan insumos, fijan reglas y concentran los beneficios económicos de la revolución tecnológica.
Estados Unidos preserva todavía una ventaja clara en innovación, semiconductores, marcos de IA, nube y talento. China, en cambio, avanza en la aplicación física de la tecnología, en la instalación de infraestructuras digitales alrededor del mundo y en la construcción de una autosuficiencia estratégica que busca invertir la lógica de dependencia: menos necesidad de Occidente, más dependencia de Occidente hacia China. Esa dualidad lleva al mundo hacia dos sistemas tecnológicos paralelos, con cadenas de suministro, flujos de datos y marcos regulatorios cada vez menos compatibles entre sí.
Para México, este escenario no es ajeno ni abstracto. Aunque el país no participa en la carrera por la IA de frontera ni en la fabricación de semiconductores avanzados, sí es usuario e integrador dentro del bloque norteamericano y depende de tecnología importada para sostener su industria. La separación tecnológica entre Washington y Pekín puede convertirse en un dilema práctico más que ideológico porque México comercia y ensambla con Estados Unidos bajo el T-MEC, pero al mismo tiempo importa maquinaria, electrónicos, baterías e insumos estratégicos desde China. No seremos protagonistas del conflicto, pero sí estaremos expuestos a sus efectos, y nuestra posición dependerá de la capacidad para adoptar IA, elevar productividad y evitar quedar en medio de dos sistemas tecnológicos que no dialogan entre sí.
No se trata, por ahora, de un choque frontal irreversible. Las treguas tácticas, las compras cruzadas y las ventanas de negociación seguirán existiendo. Pero detrás de esa fachada diplomática avanza una competencia estructural que probablemente consolidará un mundo polarizado hacia la década de 2030 con dos grandes cadenas de valor, dos esferas tecnológicas, dos visiones de Estado y mercado.
El punto no es la tecnología en abstracto, sino su propósito. ¿Qué sociedades producirá la IA? ¿Más libres, productivas y transparentes, o más controladas y vigiladas?
Si se orienta a potenciar capacidades humanas y fortalecer la confianza institucional, puede ser el comienzo de una era de progreso. Pero si se usa para manipular información, automatizar decisiones opacas o restringir libertades, puede aumentar las desigualdades y consolidar poderes sin contrapesos.
Lo que está claro es que no hay opción de quedarse fuera. Ni las personas ni los países pueden ignorar lo que está sucediendo porque la inteligencia artificial será un componente permanente de la vida social y económica. La decisión real no es si participamos, sino cómo y de qué lado queremos ubicarnos en esta nueva guerra fría tecnológica.
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Alejandro Gómez Tamez*
Director General GAEAP*
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