Trump, Warsh y el nuevo ciclo de inestabilidad global
Durante décadas, el dólar ha sido el ancla del sistema financiero internacional. Ha sido moneda de reserva, símbolo de estabilidad, previsibilidad y poder económico. Hoy, esa ancla se mueve por una combinación explosiva de factores políticos, de mercado y expectativas. Un dólar debilitándose, un presidente que dice celebrarlo, un nuevo aspirante a presidir la Reserva Federal con una agenda disruptiva, y un mercado de metales preciosos con la volatilidad que caracteriza a las criptomonedas, no son hechos aislados. Son síntomas de un sistema que ha entrado en un periodo de reacomodos importantes.
Lo que estamos viendo es una reconfiguración estructural. Entre el jueves 29 y viernes 30 de enero, más de 12 billones de dólares (trillions en inglés) fueron borrados de los mercados globales, no por una noticia en particular, sino por el colapso simultáneo de activos que habían sido impulsados por la narrativa del dinero barato, la liquidez infinita y la desconfianza en las monedas fiduciarias.
El presidente Donald Trump ha dicho que un dólar débil es “genial”. El candidato a ocupar la titularidad de la Fed, Kevin Warsh, promete recortar tasas y reducir el tamaño de la Fed. El precio del oro supera los 5,600 dólares por onza y luego se desploma. La plata cae casi 40% en un día. Todo parece contradictorio, pero en realidad, todo está conectado y en esta entrega lo explico.

El dólar débil, el espejismo político y el retorno del miedo
Cuando Donald Trump afirma que un dólar débil es algo positivo, revive la idea vieja de que la depreciación cambiaria es una herramienta para impulsar exportaciones y empleo. Es una tesis que ha sido repetida por décadas, pero que de acuerdo con varios estudiosos del tema, carece de sustento empírico en la economía moderna. Lo que sucede es que hoy, los bienes de alto valor agregado ya no compiten sólo por precio. Compiten por tecnología, marca, seguridad, diseño y ecosistema. Nadie compra un auto sólo porque es más barato por el tipo de cambio.
Trump puede decir que un dólar débil es algo positivo. Sin embargo, el movimiento del mercado sugiere otra cosa: la caída del dólar no está siendo interpretada como una ventaja competitiva, sino como una señal de inestabilidad. En lugar de atraer capital, la debilidad de la moneda está generando salidas y una mayor búsqueda de refugio. El WSJ Dollar Index ha caído cerca de 8% en el último año, frente al euro el dólar se ha depreciado alrededor de 14%, el yen japonés ha rozado niveles de ¥160 por dólar, no vistos desde los años ochenta, el peso mexicano tocó los 17.12 por billete verde y el won coreano ha oscilado violentamente. Y el oro, el termómetro histórico de la desconfianza, ha subido de menos de 2,800 dólares por onza hace un año, a más de 5,600 en su punto máximo.
Es difícil saber con 100% de certeza si la caída del dólar es producto de una estrategia deliberada o es una reacción. Sea como sea, los mercados no están premiando a Estados Unidos por un dólar barato. Están huyendo del caos político, de la incertidumbre fiscal y de la percepción de que las reglas del juego seguirán cambiando de un día para otro.
El problema es que un dólar débil no es un gratis para los estadounidenses. Es un impuesto oculto. Alimenta la inflación, encarece importaciones y erosiona el poder adquisitivo. Y eso ocurre justo cuando la inflación subyacente en Estados Unidos sigue cerca del 3%, por encima del objetivo de la Fed. La historia demuestra que los movimientos cambiarios generan, en el mejor de los casos, aumentos de competitividad en el corto plazo, que luego son neutralizados por inflación o deflación internas.
A esto se suma un argumento recurrente entre los economistas cercanos a Trump en el sentido de que la inversión extranjera genera una “sobrevaloración” del dólar y destruye su industria exportadora. Pero esa inversión existe precisamente porque el mundo confía en la economía estadounidense. Castigarla con impuestos o barreras sería como romper el termómetro porque no gusta la temperatura.
Mientras tanto, en Asia se incuban riesgos mayores. Japón atraviesa un proceso de normalización monetaria tras décadas de tasas negativas. Su yen débil es reflejo de un reequilibrio interno, no de una estrategia nacional para volverse más competitivos. China, por su parte, enfrenta un riesgo distinto. No teme una moneda débil, sino una apreciación rápida del yuan que pueda incrementar las presiones deflacionarias en una economía altamente endeudada. En un entorno de crecimiento y consumo débiles, un yuan más fuerte encarecería sus exportaciones y agravaría la desaceleración que ya sufre.
Por eso, históricamente, Washington ha defendido un dólar fuerte o estable. Porque no es sólo una moneda más. Es el eje del sistema financiero global. Abandonar esa tradición no es una señal de audacia, es asumir un riesgo innecesario.

Kevin Warsh, la Fed en tensión y el oro como termómetro del sistema
La nominación de Kevin Warsh como próximo presidente de la Reserva Federal introduce una nueva capa de complejidad. Warsh ha pasado 15 años criticando a la Fed por lo que él considera tres pecados: crecer demasiado, distorsionar mercados y permitir que la inflación se desborde. Su agenda es clara y buscará reducir la hoja de balance del banco central, bajar la inflación al 2% y hacerlo sin someterse a la presión política de Trump.
El problema es que cada uno de esos objetivos choca con la realidad. El balance de la Fed pasó de 900 mil millones de dólares en 2008 a 9 billones en 2022, producto de la expansión cuantitativa (los episodios mejor conocidos como QE). Hoy esa hoja ronda los 6.6 billones. Reducirlo más implica drenar reservas del sistema, algo que los bancos ahora consideran esencial para operar. La última vez que la Fed intentó hacerlo con rapidez, tuvo que detenerse para evitar aumentar las tensiones en los mercados.
Además, vender bonos implica elevar tasas de interés. Eso empuja al alza las tasas hipotecarias. Y eso, políticamente, es dinamita para un presidente que exige recortes de tasas.
Warsh también cuestiona el marco tradicional de la Fed, que vincula la inflación al ciclo económico y a las expectativas. Su enfoque no sigue los modelos tradicionales de la Fed. Para explicar la inflación, toma en cuenta factores como los precios de los activos, la cantidad de dinero, la productividad y el gasto público. Esa forma de pensar podría generar tensiones con el equipo técnico y con los integrantes del Comité Federal de Mercado Abierto.
Pero el reto mayor es político, porque Trump no cree en la independencia de la Fed y ha convertido el recorte de tasas de interés en una condición explícita para su próximo presidente del banco central. Warsh ha prometido que “podemos bajar mucho las tasas”. Si la inflación vuelve a subir, la teoría dice que las tasas deben subir. ¿Desobedecerá al presidente?
El mercado, por ahora, no ha reaccionado de forma concluyente a su nominación. El dólar subió casi 1% el viernes 29 que se dio el anuncio, pero el movimiento coincidió con un dato sorprendentemente fuerte del PMI de Chicago. La secuencia de precios muestra que el dólar no reaccionó de inmediato al mensaje de Trump en redes sociales. La narrativa sugiere que el rebote fue más producto de factores macro que una reacción política.
Lo que sí es claro es que el debilitamiento del dólar no ha sido constante. Se ha concentrado en episodios específicos: abril de 2025 y ahora. Ambos ligados a choques de confianza por decisiones erráticas: aranceles en el Día de la Liberación, presiones geopolíticas, declaraciones sobre Groenlandia, ataques a la Fed.
En ese contexto, el oro y la plata se convirtieron en el canal de una narrativa mucho más elaborada: la del debasement trade, la idea de que las monedas pierden valor real cuando los gobiernos y los bancos centrales expanden la liquidez para financiar déficits y deudas. Frente a esa percepción, muchos inversionistas buscaron refugio en activos que no pueden ser creados por decreto. Sin embargo, esa búsqueda legítima terminó mezclándose con una ola de especulación extrema.
La plata había registrado nueve meses consecutivos de alzas, algo nunca visto. Subió más de 300% en 12 meses. El precio del oro avanzó de forma parabólica. El dinero tardío entró al mercado con apalancamiento extremo en futuros y contratos de papel. Fue entonces cuando el precio empezó a caer, se activaron llamadas al margen y eso provocó liquidaciones forzadas y un colapso a gran escala.
En un solo día, la plata cayó más de 35%. No porque los inversionistas se decidieran voluntariamente a salir, sino porque fueron expulsados al no poder cubrir las llamadas al margen. A esto se sumaron alzas agresivas en márgenes obligatorios por parte de las bolsas, forzando aún más ventas.

En paralelo, el mercado físico mostró una realidad muy distinta a la que reflejaban las pantallas financieras. Mientras los contratos de futuros y otros instrumentos de papel se desplomaban por las liquidaciones forzadas, la plata física seguía negociándose a precios mucho más altos. En Estados Unidos, las monedas y barras se ofrecían entre 85 y 90 dólares, y en Shanghái alcanzaban niveles cercanos a 136. Esta diferencia es una señal de tensión entre el mercado financiero, dominado por posiciones apalancadas, y la demanda real de metal, que se mueve con mayor lentitud y responde a factores distintos. Es la evidencia de que el precio “oficial” puede caer rápido en el papel, mientras el valor percibido del metal físico tarda mucho más en ajustarse.
Todo esto evidencia que no hubo un colapso de demanda, sino un reajuste estructural tras una sobreextensión histórica, apalancamiento extremo y un cambio súbito en la narrativa de las expectativas de la política monetaria.
Conclusión: el nuevo ciclo ya empezó
Nada de esto es obra de la casualidad. El dólar débil, la fiebre del oro, la volatilidad extrema, la nominación de Warsh y la retórica de Trump forman parte del proceso de transición hacia un sistema más inestable, donde la confianza ya no se da por sentada.
El mercado no está rechazando el dólar por una coyuntura. Está reaccionando a un entorno donde la política fiscal, la monetaria y la geopolítica se han vuelto en grandes focos de incertidumbre, lo que ocasiona que los precios de los activos se muevan con violencia.
Sin embargo, la corrección reciente no invalida la tendencia de fondo. Los inversionistas seguirán buscando refugio en un contexto financiero lleno de burbujas, apalancamiento excesivo y cambios abruptos de expectativas.
Debe quedar claro que no estamos ante una tormenta pasajera, sino ante un cambio estructural que no será lineal, ni cómodo, ni predecible.
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Alejandro Gómez Tamez*
Director General GAEAP*
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