La escalada entre Estados Unidos e Irán y el bloqueo del Estrecho de Ormuz exponen una de las vulnerabilidades más profundas de la economía global.
Las guerras contemporáneas rara vez permanecen confinadas al terreno militar. En una economía global ampliamente interconectada, los conflictos geopolíticos se transmiten con rapidez hacia los mercados energéticos, las cadenas de suministro industriales y los sistemas financieros internacionales.
La escalada militar entre Estados Unidos e Irán ilustra con claridad este fenómeno. En cuestión de días, el conflicto generó presiones históricas en los mercados energéticos; en apenas siete días desde el inicio de las hostilidades, el precio del petróleo Brent, referencia internacional del mercado, aumentó cerca de un 21%, superando los 92 dólares por barril, su nivel más alto en dos años.
Esta reacción se intensificó al cierre de la semana: los futuros del petróleo estadounidense (WTI) registraron un incremento cercano al 34.5%, su mayor aumento semanal desde que existen registros en 1982. En paralelo, el índice Dow Jones acumuló una caída cercana a los 1,500 puntos, marcando su peor desempeño semanal en casi un año.
Este episodio de volatilidad financiera tiene su origen en un punto geográfico muy específico que ocupa un lugar central en la arquitectura energética mundial: el Estrecho de Ormuz.
Por esta estrecha franja marítima circula una quinta parte del petróleo que consume el planeta. Cuando su funcionamiento se interrumpe, los efectos no se limitan al mercado petrolero. Se extienden hacia la industria petroquímica, la agricultura, el transporte, la tecnología y los sistemas financieros.
Parte del análisis sobre los posibles efectos sistémicos de una interrupción total del estrecho se inspira en diversos estudios y análisis recientes sobre el riesgo de disrupciones energéticas globales. Entre ellos destaca el trabajo “Systemic Risk: A 12-Order Cascading Analysis of a Zero-Flow Strait of Hormuz Closure”, publicado el 5 de marzo de 2026 y atribuido al analista Craig Tindale, que examina cómo un shock energético en esta región puede propagarse a lo largo de múltiples sectores de la economía mundial. Este enfoque se complementa con análisis recientes de especialistas como Robin J. Brooks, así como con evaluaciones geopolíticas publicadas por Geopolitical Dispatch, Global GeoPolitics y diversos reportes de The Wall Street Journal, que coinciden en señalar la extraordinaria vulnerabilidad del sistema energético global ante una interrupción prolongada del tránsito por el Estrecho de Ormuz. Al mismo tiempo, el conflicto revela una lógica estratégica más profunda. La doctrina militar iraní no busca necesariamente una victoria convencional frente a Estados Unidos, sino la creación de un conflicto prolongado que eleve gradualmente los costos económicos, políticos y estratégicos para su adversario.
En ese contexto, la guerra en Medio Oriente no es únicamente un episodio regional. También constituye una prueba para la capacidad de resistencia del sistema económico internacional.

El Estrecho de Ormuz: el cuello de botella energético del planeta
El Estrecho de Ormuz constituye uno de los puntos geográficos más sensibles de la economía energética global. En su punto más estrecho mide apenas 21 millas de ancho, con corredores marítimos muy delimitados por donde deben transitar grandes embarcaciones.
A pesar de su reducido tamaño geográfico, su importancia económica es extraordinaria.
Por esta vía circulan diariamente entre 20.7 y 20.9 millones de barriles de petróleo, condensados y productos refinados, lo que representa más del 20% del consumo mundial de líquidos energéticos y cerca de una cuarta parte del comercio marítimo global de petróleo.
Además, por esta misma ruta transitan entre 10.5 y 11.4 mil millones de pies cúbicos diarios de gas natural licuado, equivalentes a aproximadamente 80 millones de toneladas anuales, lo que representa cerca de 20% del comercio mundial de LNG.
Gran parte de este gas proviene de Qatar, cuyos envíos abastecen a economías altamente dependientes de energía importada como Japón, Corea del Sur, China y Taiwán.
En condiciones normales, alrededor de 100 embarcaciones atraviesan diariamente el estrecho, aproximadamente 50 en cada dirección. Dos terceras partes de estos barcos son petroleros o buques de LNG, mientras que el resto transporta materias primas como carbón, hierro o granos.
Sin embargo, tras el inicio de las hostilidades el tráfico marítimo prácticamente se ha detenido, configurando en la práctica una situación cercana a un bloqueo logístico del Golfo Pérsico.
Diversos analistas financieros han señalado que la paralización del estrecho no requiere necesariamente un bloqueo militar formal. El economista Robin J. Brooks, ex estratega jefe del Instituto de Finanzas Internacionales, ha explicado que basta con que un solo petrolero sea destruido por un dron o misil para que el tránsito marítimo se detenga casi por completo. En el actual entorno de riesgo, varias aseguradoras marítimas han cancelado o suspendido coberturas de guerra para embarcaciones que transiten por el Golfo Pérsico y el Estrecho de Ormuz. Sin estas pólizas, los buques no pueden navegar ni financiar sus cargamentos, por lo que muchas navieras han optado por suspender sus rutas. Bajo estas condiciones, el flujo energético global puede colapsar incluso sin que exista un cierre físico permanente del corredor.
Este fenómeno ilustra una realidad estratégica de enorme relevancia: no es necesario cerrar físicamente el estrecho para paralizarlo. En un sistema marítimo que depende del aseguramiento financiero y logístico de cada embarcación, la cancelación de coberturas de guerra puede detener el tránsito incluso antes de que exista un bloqueo militar efectivo.
La lógica estratégica es totalmente asimétrica porque el costo de destruir una embarcación puede ser relativamente bajo, pero el impacto económico global de interrumpir el flujo energético puede ser enorme.
El problema se agrava porque no existen rutas alternativas capaces de sustituir plenamente este flujo energético.
Existen algunos oleoductos diseñados para desviar parte del petróleo hacia otros puertos:
- el oleoducto saudí East-West Petroline, con capacidad nominal cercana a 5 millones de barriles diarios, aunque con apenas 2.4 millones de capacidad disponible para desvíos
- el oleoducto Habshan-Fujairah de Emiratos Árabes Unidos, con capacidad de 1.5 millones de barriles diarios, pero con apenas 0.4 a 0.7 millones de capacidad adicional disponible
En conjunto, estas rutas alternativas apenas podrían absorber entre 2.8 y 3.1 millones de barriles diarios, lo que implica que un cierre total del estrecho podría generar un déficit superior a 17.5 millones de barriles diarios de suministro energético global.
De esta manera, las consecuencias económicas de una interrupción prolongada pueden extenderse rápidamente mucho más allá del mercado petrolero.
El petróleo y el gas natural son insumos fundamentales para numerosos procesos industriales.
En la industria petroquímica, por ejemplo, la producción de poliéster comienza con derivados como nafta, paraxileno y monoetilenglicol. Si estos insumos escasean, la producción de fibras sintéticas y textiles puede reducirse rápidamente.
El sector agrícola también es altamente vulnerable. El gas natural es el insumo principal para producir amoníaco, base de fertilizantes nitrogenados como la urea. Cuando el gas se encarece o escasea, la producción de fertilizantes cae, elevando los costos agrícolas y eventualmente los precios de los alimentos.

Las disrupciones energéticas también pueden afectar a la minería, la metalurgia, el transporte y la industria tecnológica.
En el caso de los semiconductores, el riesgo es particularmente relevante. Taiwán, sede de algunos de los mayores fabricantes de chips del mundo, depende fuertemente de importaciones de LNG para generar electricidad. Aproximadamente 30% de su suministro proviene de Qatar, y el país mantiene reservas equivalentes a apenas 11 días de consumo.
Si el suministro energético se interrumpe durante un periodo prolongado, podrían aplicarse racionamientos eléctricos que afectarían la producción global de chips.
En este contexto, el choque energético que comienza a gestarse en el Golfo Pérsico ya está transmitiéndose a los mercados internacionales a través del encarecimiento del petróleo, el gas y los costos de transporte. Si esta disrupción se prolonga, sus efectos pueden extenderse rápidamente hacia los costos de producción industrial, los precios de los alimentos y, en última instancia, hacia mayores presiones inflacionarias y tensiones financieras a escala global.

Estrategia militar, guerra asimétrica y escalada regional
Más allá del impacto energético inmediato, el conflicto también refleja una lógica estratégica más profunda.
Diversos analistas coinciden en que Irán no busca derrotar militarmente a Estados Unidos en una confrontación convencional. Su estrategia consiste en transformar el conflicto en una guerra de desgaste prolongada.
Este enfoque se basa en principios clásicos de la teoría militar. Pensadores como Carl von Clausewitz y Sun Tzu destacaron que el resultado de una guerra depende no sólo de la superioridad militar, sino también de la capacidad de cada actor para moldear las condiciones del conflicto.
Según diversos análisis estratégicos, Irán ha pasado más de dos décadas preparándose para una confrontación de este tipo.
Su doctrina militar enfatiza:
- operaciones descentralizadas
- infraestructura militar subterránea
- movilidad de misiles y drones
- dispersión territorial de capacidades militares.
Uno de los pilares de esta estrategia es la llamada “defensa mosaico”, un sistema descentralizado que permite que unidades regionales continúen operando incluso si el liderazgo central es eliminado.
El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica está organizado en 31 centros de mando, cada uno con capacidad para continuar operaciones de manera autónoma.
Además, la estrategia iraní se apoya en una red regional de aliados y organizaciones armadas que operan en distintos países del Medio Oriente.
Movimientos como Hezbollah en Líbano, milicias en Irak o los Houthis en Yemen forman parte de una estructura que permite ejercer presión simultánea sobre rutas marítimas, infraestructuras energéticas y posiciones militares en distintos frentes.

La lógica estratégica consiste en multiplicar los puntos de presión.
Refinerías, terminales petroleras, oleoductos y plantas de gas natural licuado se concentran en zonas costeras vulnerables en Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y Qatar. Ataques relativamente limitados contra estas instalaciones pueden generar disrupciones económicas significativas.
Un elemento adicional que refuerza la estrategia iraní es la asimetría de costos en el campo militar.
Muchos drones utilizados en ataques regionales tienen costos de producción cercanos a 35,000 dólares, mientras que los sistemas de defensa aérea necesarios para interceptarlos pueden costar varios millones de dólares por misil.
Esta diferencia genera una dinámica en la que ataques relativamente baratos pueden imponer costos crecientes a los sistemas defensivos del adversario.
En términos económicos, esta asimetría implica que una potencia militarmente superior puede verse obligada a sostener gastos exponencialmente mayores para contener ataques relativamente baratos, una dinámica que históricamente ha sido utilizada por actores más débiles para prolongar conflictos y desgastar a sus adversarios.
Al mismo tiempo, la geografía otorga a Irán una ventaja estratégica considerable. Su territorio domina la costa norte del Golfo Pérsico y controla los accesos al Estrecho de Ormuz, lo que le permite influir directamente en uno de los corredores energéticos más importantes del mundo.
En el plano geopolítico, el conflicto también se desarrolla en un contexto internacional cada vez más multipolar.
Las relaciones económicas y diplomáticas entre Irán, China y Rusia reflejan la creciente interconexión de redes euroasiáticas interesadas en asegurar el acceso a los recursos energéticos del Golfo.
Reportes recientes indican que Rusia ha proporcionado a Irán información de inteligencia sobre posiciones militares estadounidenses, mientras que China ha promovido iniciativas diplomáticas para un alto al fuego y ha impulsado mecanismos financieros alternativos que reduzcan la dependencia del sistema dominado por Estados Unidos.
Algunos analistas sostienen que estas dinámicas se relacionan con esfuerzos más amplios para reducir el papel del petrodólar en el comercio energético global, aunque esta interpretación sigue siendo objeto de debate.

Conclusiones
La escalada entre Estados Unidos e Irán revela hasta qué punto la economía global depende de corredores logísticos y energéticos extraordinariamente vulnerables. En un sistema internacional construido sobre eficiencia, cadenas de suministro altamente especializadas y transporte marítimo continuo, la interrupción de un solo punto estratégico puede desencadenar efectos que se propagan rápidamente por múltiples sectores de la economía mundial.
El Estrecho de Ormuz es uno de los ejemplos más claros de esa fragilidad estructural. Su interrupción tiene el potencial de generar disrupciones que se extienden desde los mercados energéticos hacia la producción industrial, la agricultura, el transporte y las cadenas tecnológicas globales. En un entorno de inventarios reducidos y redes logísticas altamente interdependientes, el impacto de un shock energético puede amplificarse con rapidez y trasladarse a precios, inflación y actividad económica en numerosos países.
Al mismo tiempo, el conflicto pone de manifiesto la lógica de las guerras asimétricas en el siglo XXI. Irán no necesita derrotar militarmente a Estados Unidos para alterar el equilibrio estratégico. Basta con transformar el conflicto en una confrontación prolongada que eleve gradualmente los costos económicos, militares y políticos para su adversario.
La historia ofrece múltiples ejemplos de potencias que han enfrentado enormes costos económicos y estratégicos al sostener conflictos prolongados lejos de su territorio. Desde campañas imperiales de la antigüedad hasta conflictos más recientes, los episodios de sobreextensión estratégica han sido una constante en la evolución de los sistemas de poder internacionales.
En este contexto, la evolución de esta crisis no sólo tendrá implicaciones geopolíticas. También será una prueba relevante para la resiliencia del sistema económico global frente a disrupciones en uno de los corredores energéticos más críticos del planeta.
Algunos analistas del mercado energético advierten que, si el conflicto se prolonga y el tránsito por Ormuz permanece interrumpido durante varias semanas, el impacto en los precios del petróleo podría ser mucho más severo. De acuerdo con estimaciones citadas por diversos funcionarios del Golfo Pérsico y recogidas por The Wall Street Journal, un escenario de interrupción prolongada del flujo energético podría llevar los precios internacionales del crudo hacia niveles cercanos a 150 dólares por barril, un shock energético comparable a los episodios más disruptivos de las últimas décadas.
En México, además, existe un elemento adicional que podría amplificar el impacto de un choque petrolero de esta magnitud. Actualmente no existe estímulo fiscal al IEPS de las gasolinas, por lo que los consumidores pagan la cuota completa del impuesto. En un escenario de alzas sostenidas en el precio internacional del petróleo, el margen de amortiguamiento fiscal sería limitado, lo que podría acelerar la transmisión del encarecimiento energético hacia los precios internos. Al mismo tiempo, el espacio de maniobra del gobierno para contener o compensar aumentos en otros insumos estratégicos —como alimentos, fertilizantes, transporte o diversos commodities— también es reducido, lo que incrementa el riesgo de que las presiones externas se reflejen con mayor rapidez en la inflación doméstica.
Por esa razón, la evolución del conflicto en Medio Oriente no es únicamente un asunto de geopolítica regional. También puede convertirse en uno de los factores económicos más determinantes para la estabilidad global en los próximos meses.
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Alejandro Gómez Tamez*
Director General GAEAP*
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