Estancamiento interno, presión fiscal y tensiones externas en el peor momento del ciclo

La situación económica de México al inicio de 2026 es preocupante. Esto contrasta notablemente con el cierre de 2025, cuando la actividad mostraba cierto dinamismo, con un crecimiento del 1.8% anual en el último trimestre. Esta cifra estaba en línea con la expectativa de la Secretaría de Hacienda de que la economía podría expandirse entre 1.8% y 2.8% en el nuevo año. Sin embargo, los datos sobre el desempeño de los primeros tres meses de 2026 representan un balde de agua helada para quienes anticipaban un mejor año. En la actualidad, observamos una economía con los motores apagados, señales claras de estancamiento productivo, deterioro en las finanzas públicas y un mercado laboral que pierde calidad.

Este entorno interno, ya de por sí complejo, se agrava por un contexto externo particularmente adverso. La revisión del T-MEC se presenta ante un gobierno mexicano que llega sin fortaleza política, enfrentando múltiples observaciones por incumplimientos en materia de barreras no arancelarias y un evidente distanciamiento político con Estados Unidos.

Los problemas económicos no ocurren en un solo frente; son varios factores que coinciden y elevan la vulnerabilidad de la economía mexicana. Por un lado, los indicadores de actividad muestran una contracción generalizada. Por otro, las finanzas públicas registran menores ingresos en un entorno de mayor gasto y compromisos estructurales, particularmente asociados a Petróleos Mexicanos (Pemex). Además, el entorno internacional refleja un Estados Unidos con mayor dinamismo económico, pero también con una postura más dura en materia comercial y política hacia México.

El resultado es un arranque de año en el que la economía mexicana no solo pierde dinamismo, sino que lo hace con márgenes de maniobra cada vez más reducidos. La combinación de debilidad interna, presión fiscal y presiones externas coloca al país en una posición particularmente vulnerable, justo en un momento en que se definirá una parte importante de su relación económica con Estados Unidos.

Imagen que muestra un gráfico económico en descenso con la bandera de México. Elementos incluyen construcción, agricultura, industria automotriz y personas preocupadas por el empleo.

Una economía que se contrae y pierde dinamismo interno

El dato más contundente del arranque de 2026 es la contracción del Producto Interno Bruto (PIB). De acuerdo con la estimación oportuna del INEGI, la economía mexicana se contrajo -0.8% en el primer trimestre respecto al trimestre previo, lo que representa la mayor caída para un periodo similar desde 2020. A tasa anual, el crecimiento fue de apenas 0.2%, una cifra que, en términos prácticos, confirma el estancamiento.

Gráfico que muestra el crecimiento porcentual anual del Producto Interno Bruto (PIB) con base en 2018, con datos trimestrales desestacionalizados.

Más relevante aún es la composición de esta caída. No se trata de un retroceso focalizado en un solo sector, sino de una contracción generalizada. Las actividades primarias cayeron -1.4%, las secundarias —donde se concentra la industria— retrocedieron -1.1%, y las terciarias, que incluyen comercio y servicios, disminuyeron -0.6%. Es decir, los tres grandes motores de la economía registraron retrocesos simultáneos.

Este comportamiento es consistente con un debilitamiento más evidente del dinamismo interno. La caída no responde a un choque aislado, sino a una combinación de menor consumo privado, menor inversión productiva, gasto público contenido y condiciones financieras que aún se pueden considerar restrictivas en un contexto de elevada inflación. La economía perdió dinamismo en el corto plazo y muestra debilidad en sus principales motores productivos.

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Este deterioro en la actividad económica tiene un impacto directo en el mercado laboral. En el primer trimestre del año se perdieron 227,155 personas ocupadas, mientras que el empleo formal total registró una caída de 230,119 plazas. Este es el peor desempeño para un inicio de año desde 2009 en términos de empleo formal.

Al mismo tiempo, la informalidad se mantiene elevada, alcanzando 54.8% de la población ocupada, lo que significa que más de la mitad de los trabajadores labora sin registro legal ni acceso a prestaciones como seguridad social, contrato formal o protección laboral. Sin embargo, lo más relevante es que ni siquiera la informalidad está absorbiendo completamente el deterioro: el crecimiento de la ocupación informal fue de apenas 2,964 personas, una cifra marginal frente a la magnitud de la pérdida de empleo formal.

Gráfico de barras que muestra la tasa de informalidad laboral en porcentaje desde 2022 a 2026, con variaciones a lo largo de los años.

La calidad del empleo también se está deteriorando. El número de trabajadores que perciben hasta un salario mínimo aumentó de 23.7 millones a 27.8 millones, es decir, 4.17 millones de personas adicionales se concentran en los niveles más bajos de ingreso. Este fenómeno ocurre en un contexto en el que el salario mínimo ha aumentado, pero no en la misma proporción que los ingresos efectivos del grueso de la población, lo que provoca una mayor concentración en los rangos más bajos de ingreso laboral.

Es así que, más allá de los números fríos, lo que se observa es que la economía no está generando el crecimiento necesario para sostener el empleo formal ni mejorar la calidad del trabajo. El mercado laboral ha dejado de operar como un círculo virtuoso —más empleo, mayor consumo y más crecimiento— y hoy refleja, con claridad, las debilidades estructurales de la economía.

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Presión fiscal, debilidad petrolera y un entorno externo adverso

A la debilidad productiva se suma un frente fiscal que sigue mostrando presiones. En el primer trimestre de 2026, los ingresos presupuestarios se ubicaron en 2.22 billones de pesos, lo que representó una caída de -0.7% anual. Esta reducción ocurre en un contexto donde el gasto público aumentó 2.6%, alcanzando 2.43 billones de pesos, lo que amplía la presión sobre las finanzas públicas.

El componente más débil de los ingresos es el petrolero. Los ingresos por petróleo sumaron 216,186 millones de pesos, 87,816 millones por debajo de lo programado y 9.4% menores en términos anuales. Esto sucede incluso en un entorno de precios internacionales más altos, lo que evidencia que el problema no es únicamente de precio, sino de factores como tipo de cambio, producción y estrategia energética.

Resumen de los principales indicadores de las finanzas públicas con datos de enero a marzo de 2025 y 2026, mostrando variaciones en ingresos, gastos y deuda pública.

En este contexto, Pemex sigue siendo un factor de enorme presión. La empresa reportó pérdidas por 45,992 millones de pesos en el primer trimestre, su peor inicio de año desde 2020. Aunque la deuda se redujo a 79 mil millones de dólares, el deterioro operativo y financiero continúa afectando tanto su desempeño como su contribución a las finanzas públicas.

Incluso en los ingresos tributarios, el desempeño es limitado. Aunque se reporta cumplimiento cercano a lo programado, la recaudación tributaria registró una caída anual, con disminuciones en ISR (-4.1%) e IVA (-3.7%) en términos reales, reflejando la debilidad de la actividad económica. Al mismo tiempo, el gobierno tuvo que recurrir a estímulos fiscales en combustibles, lo que implicó una renuncia recaudatoria cercana a 11,500 millones de pesos en marzo, en un contexto de alza en precios energéticos por el conflicto en Medio Oriente.

Este entorno fiscal se da en paralelo a un ajuste en las expectativas macroeconómicas. En su más reciente informe sobre la situación de las finanzas públicas, la Secretaría de Hacienda elevó su previsión de inflación a 3.7% para el cierre de 2026, desde un 3% previo, mientras mantiene una expectativa de crecimiento del PIB en un rango de entre 1.8% y 2.8%. Sin embargo, estos rangos parecen casi imposibles de alcanzar al tomar en consideración la debilidad observada en el arranque del año, donde el crecimiento anual fue de apenas 0.2%.

Montaje que representa la economía mexicana, con imágenes de una plataforma petrolera, gráficos en alza y baja, un trabajador preocupado, y elementos de comercio como un camión y una carreta de supermercado.

A este entorno interno se suma una divergencia clara con el desempeño de Estados Unidos. Mientras la economía mexicana crece marginalmente a tasa anual, la economía estadounidense creció a una tasa de 2% en el mismo periodo, lo que ha contribuido a sostener la demanda externa para México. De hecho, las exportaciones totales mexicanas crecieron 17.9% anual en el primer trimestre del año. Sin embargo, este dinamismo no se traduce en un mayor crecimiento de la economía en su conjunto, como ha quedado evidenciado. Por el contrario, la actividad manufacturera muestra señales de debilitamiento, lo que denota una baja integración de valor nacional en el sector externo. En los hechos, una parte importante del impulso exportador descansa en la importación de insumos, particularmente de origen asiático, lo que confirma una paradoja: México es una potencia exportadora en buena medida porque es también una economía altamente dependiente de importaciones.

Esta divergencia en el desempeño económico ocurre en un momento relevante para la relación bilateral. Como lo he señalado desde este espacio, la revisión del T-MEC se desarrolla en un entorno donde México enfrenta observaciones por incumplimientos en materia de barreras no arancelarias, lo que complica la posición negociadora del país. A ello se suma un creciente distanciamiento político que introduce incertidumbre adicional sobre la relación económica con su principal socio comercial.

La combinación de menor crecimiento interno, presiones fiscales, debilidad en el sector energético y presiones externas genera un entorno en el que la economía mexicana enfrenta mayores riesgos. No es un problema aislado, sino una suma de factores que convergen para crear una tormenta casi perfecta.

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Conclusiones

El arranque de 2026 deja claro que la economía mexicana no solo enfrenta un periodo de bajo crecimiento, sino una combinación de debilidades que se están volviendo más evidentes y persistentes. La contracción trimestral del PIB, el crecimiento anual prácticamente nulo y el deterioro del mercado laboral confirman que el dinamismo interno se ha agotado, sin que exista, por ahora, un motor claro de recuperación.

A diferencia de otros momentos, el sector externo tampoco está logrando compensar esta debilidad. A pesar del crecimiento de las exportaciones, impulsadas en buena medida por la demanda de Estados Unidos, la baja integración de valor nacional limita su efecto sobre la actividad económica. Esto evidencia un problema de fondo: el modelo exportador mexicano no está generando suficiente arrastre sobre el resto de la economía.

En paralelo, las finanzas públicas operan bajo una presión creciente. La caída de los ingresos, el aumento del gasto y el deterioro en la situación de Pemex reducen el margen de maniobra fiscal en un momento en el que la economía requeriría mayor capacidad de respuesta. A esto se suma una realidad inflacionaria que sigue por encima del objetivo y limita el espacio para una política monetaria más expansiva.

Todo esto ocurre en un contexto particularmente delicado para la relación económica con Estados Unidos. La revisión del T-MEC se da en un entorno de bajo crecimiento interno, observaciones por incumplimientos y un distanciamiento político que introduce incertidumbre adicional. La economía mexicana llega a este punto sin fortaleza, con vulnerabilidades acumuladas y con un margen de ajuste cada vez más estrecho.

En este contexto, el ajuste que debemos realizar no es opcional. Para las empresas, esto implica priorizar liquidez, cuidar costos y tomar decisiones con mayor cautela ante un entorno de menor crecimiento. Para las familias, significa mayor prudencia en el gasto, evitar el sobreendeudamiento y fortalecer su capacidad de ahorro. No es un entorno para crecer, sino para ajustarse.

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Alejandro Gómez Tamez*

Director General GAEAP*

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