México atraviesa un momento en el que la conducción de la política monetaria adquiere un peso decisivo sobre la estabilidad financiera y la percepción de riesgo país. El pasado 6 de noviembre, el Banco de México redujo nuevamente su tasa de interés objetivo en un cuarto de punto porcentual y la llevó a 7.25%, con la posibilidad de continuar los recortes y llevarla al 7.00% antes de que termine el año. La decisión de la Junta de Gobierno se tomó en un entorno en el que la actividad económica se contrajo en el tercer trimestre de 2025 en 0.3%, en el que el peso mostró una depreciación ligera, y en el que se ha registrado un retiro significativo de inversión extranjera en instrumentos gubernamentales. A ello se suma un elemento por demás importante y es el hecho de que la inflación subyacente (la de mercancías y servicios) permanece por encima de 4% anual y acumula once quincenas consecutivas sin lograr bajar de ese nivel.

La pregunta más importante es entonces si la política monetaria está respondiendo de manera adecuada al equilibrio entre crecimiento económico e inflación, o si está privilegiando la reducción del costo financiero de la deuda pública en un contexto de debilidad económica y presiones inflacionarias crónicas. Las señales que se envían en este momento podrían determinar no solo el comportamiento de los mercados en el corto plazo, sino la trayectoria de la credibilidad de la institución que por mandato constitucional debe preservar la estabilidad de precios.
Salida de capitales y reducción de la tasa en un entorno de fragilidad
Hasta el 28 de octubre se han retirado 134 mil millones de pesos de inversión extranjera en bonos del gobierno. Esto equivale a más de 7% del total de recursos que los inversionistas extranjeros tenían en esos instrumentos. Una salida de capitales de esta magnitud no es un detalle menor, ni puede ser interpretada como parte de una fluctuación normal. Cuando los capitales se retiran, lo que ocurre es que se reduce la demanda de activos denominados en pesos y, en consecuencia, se debilita la posición financiera interna. Frente a este escenario, la respuesta habitual es mantener tasas de interés relativamente elevadas para compensar el riesgo percibido y frenar la salida.
Sin embargo, la decisión del banco central mexicano fue reducir la tasa de interés. La argumentación oficial señala que la actividad económica se debilitó y que la Reserva Federal también redujo su tasa, por lo que existe espacio para ajustar la postura monetaria. Además, se sostiene que la inflación general ha mostrado una trayectoria hacia la meta de 3% y que el proceso de relajación monetaria es consistente con ese objetivo en el horizonte de pronóstico.
No obstante, detrás de esta lectura técnica del Banxico, aparece un factor que influye de forma directa. La reducción de la tasa disminuye el costo financiero de la deuda pública. En un año con un déficit fiscal elevado, el descenso de la tasa representa un alivio directo para las finanzas públicas. Esta es una realidad que no debe negarse. El problema es que, cuando la política monetaria se orienta hacia facilitar el financiamiento del gobierno, se corre el riesgo de dejar de lado su mandato principal. Es decir, se empieza a privilegiar la sostenibilidad fiscal inmediata sobre la estabilidad de precios y la confianza en la autonomía del banco central.

Esa señal la interpretan con claridad los inversionistas. No solo observan el número de la tasa. Observan lo que revela acerca de prioridades.
Persistencia de la inflación subyacente y riesgos al alza reconocidos por el propio banco central
Si se observa únicamente la inflación general, que se ubica en 3.57%, podría parecer que el proceso de desinflación está lo suficientemente avanzado como para justificar el recorte de tasas. Sin embargo, la inflación general tiende a verse afectada por factores volátiles, como energía o precios de productos agropecuarios. Para evaluar el comportamiento real de los precios en la economía es necesario observar la inflación subyacente. Y en este indicador la situación es distinta.
La inflación subyacente está en 4.28% y ha permanecido por encima de 4.0% durante once quincenas consecutivas. Su resistencia a la baja indica que los incrementos de precios en sectores que reflejan costos de producción, servicios y cadenas de suministro no han cedido de manera suficiente. Esta persistencia es una señal de que la economía no ha terminado de absorber los ajustes generados en los últimos años (por ejemplo, los aumentos en el salario mínimo y los costos de la delincuencia) y que los mecanismos de indexación aún están activos.
El propio Banco de México reconoce que el balance de riesgos para la inflación mantiene un sesgo al alza. Entre los riesgos destacan la posibilidad de depreciación del peso, la persistencia de la inflación subyacente, los efectos de conflictos comerciales en el entorno internacional, las presiones de costos internos y las afectaciones climáticas que podrían incidir en la producción de alimentos. Estos factores no son marginales, ni accidentales. Son elementos que pueden impedir que la convergencia inflacionaria se mantenga estable.

Si la tasa se reduce en un contexto en el que el riesgo inflacionario es mayor al de reducción acelerada de precios, la política monetaria corre el riesgo de quedar desalineada respecto a los objetivos reales y se pierde el anclaje de expectativas. Esto adquiere mayor relevancia cuando se considera que la decisión no fue unánime. Jonathan Heath votó por mantener la tasa sin cambios. Su posición refleja una lectura clara en el sentido de que la prioridad debe ser asegurar que la inflación subyacente regrese a niveles compatibles con la meta permanente antes de relajar de forma más pronunciada la postura monetaria.
Esta disidencia implica una advertencia.
Lo que está en juego: estabilidad financiera, credibilidad institucional y señales hacia el exterior
La combinación de salida de capitales, inflación subyacente persistente y relajación monetaria simultánea genera un escenario de vulnerabilidad. La situación no puede describirse como crítica, pero sí como delicada. La estabilidad financiera depende en buena medida de la percepción que los mercados tienen de la coherencia entre las decisiones de política económica y los objetivos declarados.
Si la tasa se reduce mientras los capitales se retiran, el diferencial entre México y Estados Unidos se estrecha y la moneda se deprecia, el impulso inflacionario podría reactivarse. En ese escenario, el banco central podría verse obligado a revertir su propio ciclo de recortes. Este patrón es conocido en la literatura económica como stop-go. Es decir, iniciar relajación monetaria para después detenerla y subir tasas nuevamente. El resultado de este comportamiento sería un daño a la credibilidad institucional del Banxico y a la capacidad de agentes económicos de planear con certidumbre.
El reto no es menor. La credibilidad de un banco central tarda años en construirse y puede deteriorarse en muy poco tiempo si los mercados perciben que su mandato prioritario queda supeditado a necesidades fiscales. Cuando la señal es que se está dispuesto a asumir mayor fragilidad para aliviar el costo de la deuda pública, la reacción del entorno financiero ocurre antes que los efectos positivos que se buscan generar en la actividad económica.
Conclusiones
México se encuentra en un punto en el que la política monetaria debe operar con precisión y claridad. La inflación general se acerca a la meta, pero la inflación subyacente continúa siendo resistente y la gente lo percibe en su bolsillo. La economía se debilitó en el último trimestre y enfrenta incertidumbre externa. En ese contexto, la salida de capitales y la reducción simultánea de la tasa merecen un análisis cuidadoso.
La baja de tasas puede aliviar el costo de la deuda del gobierno en el corto plazo, pero también puede debilitar la estabilidad financiera si se interpreta que el banco central ha suavizado su posición antes de tiempo. La clave está en evitar que las decisiones actuales comprometan la capacidad de controlar la inflación en los meses por venir.
Un banco central que preserva su credibilidad es uno de los principales activos para cualquier país. La señal que México envíe hoy tendrá efectos que irán más allá de esta coyuntura. Y en momentos como este, lo que se dice importa tanto como lo que se decide.
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Alejandro Gómez Tamez*
Director General GAEAP*
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