En los últimos días, el desempeño del peso mexicano ha vuelto a colocarse en el centro de la conversación financiera. El viernes 23 de enero cerró en 17.36 pesos por dólar, su mejor nivel desde mayo de 2024, con una ganancia semanal de 1.57% y un avance acumulado en el año de 3.55%. A simple vista, podría parecer una historia de fortaleza macroeconómica, una señal de confianza en México o incluso una validación de la política económica interna. Sin embargo, cuando uno revisa con cuidado el contexto, el mensaje es muy distinto. El peso está fuerte, sí, pero no porque la economía mexicana esté sólida, sino porque el entorno financiero global se está moviendo en una dirección que favorece temporalmente a las monedas emergentes frente a un dólar que se ha venido debilitando.

El contraste es claro. Mientras el tipo de cambio se aprecia, los datos internos muestran que la economía real mexicana no va bien. En noviembre de 2025, la actividad económica se contrajo 0.2% mensual y avanzó apenas 1.1% en términos interanuales, de acuerdo con las cifras desestacionalizadas del IGAE. Las actividades primarias se desplomaron 7% mensual, el comercio y los servicios retrocedieron 0.4% y solo la industria mostró un crecimiento marginal de 0.6%. A tasa anual, el panorama tampoco es especialmente alentador: las actividades primarias crecieron 2.9% y las terciarias, 1.5%, mientras que las secundarias disminuyeron 0.1%.
Entonces lo que realmente está ocurriendo es que el dólar atraviesa uno de sus episodios de mayor debilidad de los últimos meses. El índice dólar del Wall Street Journal cayó 1.63% en la semana, su mayor retroceso semanal desde abril de 2025, y se ubicó en 95 puntos, uno de sus niveles más bajos recientes. Ha caído cinco de los últimos seis días, acumula una baja cercana al 10% respecto a su máximo histórico de 2022 y se encuentra más de 7% por debajo de su máximo de 52 semanas. En términos simples, el dólar se está debilitando de forma generalizada y eso, por definición, hace que monedas como el peso se vean más fuertes, incluso si sus fundamentos internos no han cambiado demasiado.

Un dólar bajo presión y mercados estresados
Detrás de esta debilidad del dólar hay varios factores que se están combinando. Uno de los más relevantes en los últimos días fue la señal de posible intervención cambiaria por parte de Estados Unidos y Japón. La Reserva Federal de Nueva York realizó consultas de precios, los llamados rate checks, a solicitud del Departamento del Tesoro. Este tipo de movimientos no son habituales y suelen interpretarse como una señal clara de que las autoridades están preocupadas por la dinámica de una moneda y quieren estar listas para intervenir si es necesario.
En este caso, el foco estaba puesto en el yen japonés, que se había venido depreciando de forma significativa frente al dólar. Tras el anuncio de estos rate checks, el dólar cayó 1.7% frente al yen en un solo día, su mayor descenso diario desde agosto, y también se debilitó frente a otras monedas asiáticas como el won coreano y el dólar taiwanés. El mensaje fue muy claro: los mercados interpretaron que Estados Unidos y Japón no estaban dispuestos a permitir movimientos bruscos y desordenados en el tipo de cambio, y reaccionaron ajustando posiciones.
Este episodio se dio en medio de una semana especialmente volátil en los mercados financieros de ambos países. En Japón, los rendimientos de los bonos del gobierno han subido con fuerza en los últimos meses. El bono a 10 años pasó de 1.6% a alrededor de 2.3% desde que Sanae Takaichi asumió como primera ministra. La expectativa de mayor endeudamiento público, alimentada por su promesa de eliminar el impuesto a las ventas en alimentos durante dos años, provocó una venta masiva de bonos y un aumento abrupto en las tasas. Es un movimiento significativo para una economía que durante décadas estuvo acostumbrada a tasas de interés cercanas a cero.
En Estados Unidos, la situación no es menos sensible. Los rendimientos de los bonos del Tesoro también se habían disparado, en un contexto marcado por mayor estrés geopolítico y por la preocupación creciente sobre el tamaño de la deuda pública. Aunque hacia el cierre de la semana, el viernes 24, las tasas se moderaron y el bono a 10 años terminó en 4.236%, el tema sigue ocupando un espacio central. Estados Unidos tiene una deuda pública enorme y creciente, y cada punto porcentual adicional en tasas implica miles de millones de dólares extra en pagos de intereses. Por eso, mantener los rendimientos bajo control se ha convertido en una prioridad política, no solo financiera para la Administración Trump. Tasas más bajas significan menor costo de financiamiento para el gobierno, hipotecas más baratas para los hogares y crédito más accesible para las empresas.
Este contexto de tensión en los mercados de bonos, sumado a las señales de intervención cambiaria y a la debilidad estructural del dólar, ha generado un entorno de alta volatilidad global. Es un escenario en el que los equilibrios financieros son frágiles por lo que pequeñas noticias pueden provocar movimientos significativos en precios, tipos de cambio y flujos de capital.

México entre inflación contenida y crecimiento débil
Mientras tanto, en México, más allá de la fortaleza del peso, el panorama macroeconómico es mucho más sobrio. La inflación repuntó ligeramente al inicio de 2026 por los ajustes al IEPS, pero menos de lo que se esperaba. En la primera quincena de enero, el INPC subió 0.31% y la inflación anual se ubicó en 3.77%, por debajo del consenso del mercado. El impacto fiscal fue real, especialmente en productos como cigarrillos y refrescos, pero fue parcialmente compensado por la baja en energéticos y algunos agropecuarios.
La inflación subyacente se mantiene elevada en 4.47% anual, impulsada por mercancías, lo que refleja que las presiones inflacionarias de fondo no sólo no han desaparecido, sino que son más graves. Aun así, el mercado sigue anticipando dos recortes adicionales en la tasa de interés de Banxico a lo largo de 2026, de 25 puntos base cada uno, lo que llevaría la tasa de referencia de 7.00% a alrededor de 6.50% al cierre del año. Pero antes de estos recortes, se espera una pausa por parte del Banxico, precisamente por la inflación persistente.

Los datos del IGAE también refuerzan esa cautela. La economía se mantiene en una trayectoria moderada, sin señales claras de recuperación. Incluso con trece recortes de tasa desde inicios de 2024, la actividad no logra despegar. El diagnóstico es claro: México vive un escenario de muy bajo crecimiento económico, inflación subyacente preocupante y política monetaria “atrapada” entre la necesidad de apoyar la actividad y el riesgo de que la inflación siga repuntando.
En este contexto, la fortaleza del peso le ayuda al Banxico a combatir la inflación ya que los productos importados pueden abaratarse, pero a costa de la planta productiva nacional. Pero de cualquier manera, debe quedar claro que el nuevo super-peso es un fenómeno externo y no síntoma de una economía fuerte. El tipo de cambio se mueve hoy más por lo que pasa en Estados Unidos, Japón y los mercados financieros globales que por lo que ocurre dentro del país.
Comercio, política y un mundo más incierto
Vale la pena agregar que a este panorama financiero se suma un entorno geopolítico cada vez más tenso. Las recientes amenazas de Donald Trump de imponer aranceles de 100% a Canadá si profundiza su relación comercial con China son la más reciente muestra de cómo el comercio internacional sigue siendo la principal herramienta de coerción para el alineamiento a los intereses estadounidenses. Canadá busca diversificar sus relaciones ante la incertidumbre de la política comercial estadounidense, mientras Trump responde con un discurso abiertamente confrontacional. Todo esto le añade capas adicionales de complejidad a la renegociación del T-MEC de este año e incertidumbre a todas las cadenas de valor de Norteamérica.
Estos conflictos comerciales no son ajenos a los mercados financieros. Generan nerviosismo, alteran flujos de inversión y refuerzan la percepción de que el mundo se está moviendo hacia un esquema más fragmentado, con bloques, presiones geopolíticas y uso cada vez más frecuente del comercio como herramienta de poder. En ese contexto, no sorprende que los inversionistas busquen refugio en activos como el oro y la plata, que han llegado a niveles de precios históricos. Es una señal más de que el apetito por riesgo es frágil y de que la confianza en el orden financiero global se ha roto.
Conclusiones: un tipo de cambio que dice más del mundo que de México
La fortaleza reciente del peso mexicano no puede entenderse en aislamiento. Es el resultado de una combinación de factores globales: debilidad estructural del dólar, tensiones en los mercados de bonos de Estados Unidos y Japón, señales de posible intervención cambiaria, conflictos comerciales y una mayor búsqueda de activos refugio. México aparece en esta historia más como receptor de flujos financieros que como protagonista de un cambio estructural interno.
Eso no es necesariamente malo, pero sí obliga a ser prudentes en la interpretación. Un peso fuerte perjudica a diversos sectores manufactureros, impulsa las importaciones, encarece nuestras exportaciones, por lo que no garantiza crecimiento, ni estabilidad de largo plazo, ni mejora automática en el bienestar económico. De hecho, puede convivir perfectamente con una economía estancada, inflación persistente y un banco central obligado a moverse con cautela.
El mensaje de fondo es que estamos en un mundo financieramente frágil, con equilibrios delicados y con una creciente desconexión entre los movimientos de los mercados y la realidad económica interna de muchos países. Así como Groenlandia mostró que el poder geopolítico ya no se rige por reglas, el comportamiento reciente del dólar confirma que el poder financiero tampoco.
El tipo de cambio hoy refleja más los miedos, tensiones y ajustes del sistema financiero global que la fortaleza estructural de México.
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Alejandro Gómez Tamez*
Director General GAEAP*
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